Bienvenida

Bienvenidos a ""Diario de un Paivo"", habitáculo abierto a las letras de modo universal, que toma el nombre de uno de sus protagonistas. "Paivo"; es para nosotros un ser imaginario no definido corpóreamente, que sin embargo posee una compleja estructura del pensar y sentir al igual que la especie humana. El blog en conjunto es un conglomerado de historias y poemas impersonales que hablan acerca de emociones, sentimientos, miedos, complejos y uno que otro hecho cotidiano.



martes, agosto 30, 2011

Déjà vu

De pronto recuerda aquel sueño; un déjà vu que lo deja perplejo y al cual no le presto la importancia debida.
Sobre el cual no caben más conjeturas ni cavilaciones, al menos no a estas alturas que ya no importa nada; pues de todos modos su vida está por acabarse y recordar posibles déj
à vu’s no le ayudarán a mantenerse con vida, al menos ahora ya no.

Reza una oración en silencio al padre, al cual por cierto nunca le oró salvo en los malos momentos, mientras acepta malamente su culpa e intenta redimirse de una vida calamitosa en un último acto de fe. Pero es tarde y tal vez el padre se encuentre ocupado escuchando algún pedido vano de algún fiel quisquilloso que lo debe haber atosigado con sus múltiples y obsesivas oraciones durante algo más de 1 año.
Su vida ha sido una novela, o más bien un cuento corto entramado de unas 12 o 15 páginas a lo mucho, escrito por algún fatalista o algún orate que no hilvana bien las ideas y que ahora lo deja con un desenlace más que obvio.
Recuerda a Borges, es extraño que lo recuerde, pero lo hace. Recuerda aquel cuento del cual perdió el nombre, donde un hombre se da al trabajo de escribir por completo una novela en el preciso momento de su muerte cuando Dios le concede la gracia de detener el tiempo para que cumpla así su último deseo antes de ser fusilado y con una bala a 3 milímetros de perforarle el cráneo, durante 30 años que en realidad tan solo son 0,3 micras de segundo; crea, revisa y corrige una novela profusa y prolija escrita íntegramente en su mente gracias a la benevolencia de un Dios más que piadoso.
De un momento a otro todo se desvanece, se le corta el pensamiento y se queda con tan sólo una pregunta que lo define por completo y a la que nunca podrá otorgarle una respuesta concreta. Se pregunta que le ha pasado, pero nadie le responde, ni siquiera él mismo, pues fuera de la pregunta ahora ya no piensa.
Impactó en el suelo a las 3 con 19 de la tarde, un periódico local ubicado a 2 cuadras capto la exclusiva del hecho. El hombre yacía ensangrentado y con el cuello roto, vestía formal; saco, corbata, zapatos lustrosos y reloj de oro. En la mano traía un cuadernillo de unas 12 o 15 páginas que fue clasificado como evidencia reservada a fin de esclarecer los hechos. Un testigo clave que pasaba por la acera de al frente y que pudo ver al hombre recién caído, declaro a los medios que vio al sujeto saltar al vacío desde el 7mo piso del edificio.
Esa misma noche y mientras veía en el noticiero local las declaraciones de un transeúnte que aseguraba haber visto al occiso lanzarse a voluntad propia del último piso del edificio ella quemo los guantes, se fumó un cigarrillo y luego se fue a dormir como si nada hubiese sucedido.
Diego A.

domingo, julio 31, 2011

Christopher

Bienvenido a casa Christopher, te estábamos esperando. Hace mucho que no venías por acá, temía que habías olvidado el camino.

Perooo pasa, siéntate; estás en tu casa. Todo está tal y como lo dejaste. Créeme cuando te digo que nunca dude acerca de tu regreso; aunqueee siendo sinceros y en honor a la verdad te digo que tal vez sí, en algún momento lo hice aunque a lo mucho un par de veces, nada sin importancia, no tomes en cuenta, al final ya me conoces y sabes cómo ando siempre en estas cosas que a gente se refiere.
Mefisto tomo una silla la puso en frente mío, se sentó lentamente reposando sus largos brazos sobre los brazos de la misma, y me miro con cara de padre. Con cara de padre que ve sin reproches al hijo pródigo vuelto a casa.
- Yo, yo, yop, venía a… -
Mefisto interrumpió a Christopher y detuvo la explicación sobre el motivo de su visita y su prolongada ausencia.

- No tienes que decir nada, olvidas que te conozco perfectamente. Sé lo que quieres, sé por qué has venido. Al final todos vuelven, bueno casi todos, pero sabía que tú no me defraudarías - le dijo.
El mismo olor a azufre, la misma barba rala, las mismas botas lustrosas, el mismo saco gris, el mismo polo negro y los mismos ojos blancos brillosos y flameantes de siempre, hacían presagiar que el tiempo no pasaba por el cómo era evidente. Mefisto seguía idéntico al vago recuerdo que Christopher tenía de él desde hace más de 10 años.
- Tengo la dosis exacta hijo mío. Pero esta vez, ¿Qué me das a cambio?. La última vez perdiste todo lo que tenías; y tu alma hace mucho que me pertenece y a menos que entregues algo a cambio tan solo puedo darte la bienvenida y acogerte por un corto tiempo. -
- Te te tetttraigo a 2 almas jóvenes, están allá afuera esperando una orden mía, son mis discípulos. Pero te los ofrezco, no puedo más; necesito volver a probar del elixir, tan solo una vez más, aunque sea la última, lo necesito urgentemente Mefisto, rápido que no logro resistirlo. –
- Pues hazlos pasar y luego marcharte, no te gustará ver lo que pasará con ellos. En cuando compruebe que no mientes tendrás lo que has venido a buscar y todos volveremos a ser felices.-

Christopher hizo pasar a los dos jóvenes, ambos con la misma sangre y con la misma mala fortuna de haber sido entregados al diablo mismo en persona.
Diego A.

domingo, mayo 29, 2011

DUDA

Existen un sinnúmero de caminos posibles y posibilidades inmaterializadas que de vez en cuando se atreven a tocarnos la puerta…

Hoy Duda se apareció frente a la puerta de mi habitación, pasó sin que esta esté abierta y sin que yo la haya invitado. Se escurrió por entre la comisura imperfecta del suelo y la puerta; entro como siempre lo hacía hace algún tiempo; vaga e irresoluta pero imponente a la vez, deseosa de inundarme de lo que con ella traía.

Cuando por fin la tuve en frente, mirándome, se me escarapeló el cuerpo entero y el alma se me estremeció al compás de sus ojos negros saltones y tendenciosos. No dijo nada, pues no era necesario que dijese o emita palabra alguna para que yo le entendiera, éramos viejos conocidos y ambos sabíamos lo que significaba una visita suya.

Me encontraba pasmado mirándola, atónito y desencajado, viendo su rubia cabellera resplandecer, sus rasgos finos enamorándome y su piel de seda tentándome a que la toque; cuando de repente estiró su mano hacia mí, me tomo del rostro, me besó la mejilla y me acarició suavemente por contados segundos, segundos que sin embargo a mí me parecieron una eternidad, lo suficientemente extensa como para vivir una vida entera, en la que con los ojos cerrados me dediqué a morir embriagado por su perfume.

Para cuando volví en mí mismo me encontraba parado a un lado de mi cama mirando al vacío con la puerta cerrada y el alma abierta, iluminado con una fluorescente circular antiguo pegado con cinta al techo; amándola y detestándola a la vez por lo que me había hecho, queriendo borrar ese momento en el que me dejó parado y solo inundado de ella, inundado de su duda.

Diego A.



jueves, enero 27, 2011

Una llamada

Esa mañana me despertó una llamada y horas más tarde, en cuanto comprendí lo que trajo consigo, me quedé con una extraña sensación de un no sé qué, que no me dejó dormir sino hasta 2 días después, cuando exhausto me eché a dormir sobre las baldosas agrietadas de una esquina del parque que colindaba con la casa de mis padres. Me dormí en el suelo, en medio de la calle, en medio de la nada y por casi más de 8 horas seguidas, sin importarme el qué dirán o las miradas que iba dejándome la gente al pasar, miradas que la mayoría de las veces estaban cargadas de una especie de pena, odio y repugnancia. Tampoco me importaron los perros callejeros que venían y se alejaban a la vez esperando el momento indicado para meárseme encima; me ardían los ojos, recuerdo, y algo más que se supone no debería sangrar me sangraba a borbotones; lo que me sangraba era el alma.

- Con el corazón destrozado y el alma hecha trizas, te fuiste vida mía para no volver, y me quede llorando solo y triste, tengo ganas de volverte a ver – Apague el radio, en cuanto la tonada se puso melodramática. Simplemente detestaba las canciones románticas y no estaba dispuesto a seguir escuchando las quejumbrosidades de un cantante recién salido del closet, expuesto a raíz de sus amores con un tenista sueco abiertamente confeso bisexual pero con tendencias mucho más marcadas hacia los de su mismo género.

De haberme preguntado cómo creía que sería el día, supongo que hubiera dicho lo de siempre; que iba a ser un día tranquilo, que iba a hacer lo mismo del día anterior y que terminaría tanto o más cansado que cuando desperté. Pero en mi interior sabía que esto era imposible; desperté esa mañana más temprano que de costumbre a raíz de una llamada que me dejó con muchas cosas en mente como para preocuparme o reparar en cualquier hecho insignificante. La llamada se había producido alrededor de las 5 y 55 am. La voz que me hablo era la de una mujer joven, calculo tal vez erróneamente que tendría entre 27 y 33 años, ciertamente no entendí bien que fue lo primero que me dijo, en realidad lo que siguió casi tampoco lo entendí; en resumen no entendí casi nada de lo que llegó a comentarme. Tal vez lo primero que dijo fue su nombre y lo segundo el motivo de su llamada, los cuales no recuerdo debido a que casi nunca recuerdo nada de lo primero que hago, digo o escucho al despertarme. Inicialmente pensé en reclamarle, las 5y55 am no es una buena hora para llamar a nadie, menos para llamarme a mí que me energumenizo cuando alguien me corta el sueño de esa manera tan vil y descarada. Pensé en simplemente tirar el auricular y dejar que esa loca de mierda madrugadora hable sola, pero algo en mis entrañas me dijo que me esperase un poco, tal vez se trataba de los frijoles de la noche anterior que aún retumbaban en mi estómago. Tal vez lo único que pude entender de aquella llamada era acerca de algo referente a un sobre que esa mañana me llegaría. Ni bien terminó la llamada volví a dormir nuevamente, esta vez no sin antes tirar del cable del teléfono para que nadie más me volviese a joder el sueño otra vez, al menos no en ese día. Cuando desperté daban las 11 y 45, había un sobre sin destinatario al pie de la puerta, y una llamada que no recordaba que me hablaba de su llegada.

Cuando pude abrir el sobre, por fin todo quedó claro. Al menos para mí, así lo fue, no era culpable de nada ni siquiera del más leve de los cargos que me imputaban. Tenía la conciencia limpia y al verdadero posible asesino en mis manos, pero no podía delatarlo, señalarlo o vincularlo siquiera.

Nunca fue mi estilo acusar a las personas para salir bien librado; así que elegí dormirme en la acera en medio de baldosas rotas, meado por perros y circuncidado por centenares de miradas hipócritas compasivas cargadas de asco, odio y repugnancia. Pero nunca y bajo ninguna circunstancia llegaría a acusar a alguien; mucho menos a mi madre.

Diego A.

miércoles, enero 05, 2011

Atentamente Mariela

Me enamoré de Mariela cuando aún era un estudiante; cursaba el quinto año de media, y ella a lo mucho llegaba a tercero. Lo que me gusto de ella en ese entonces fue su cabello negro, su figura delgada, su tez clara, su cara de niña, sus ojos morenos y lo bien que se veía con ese uniforme de joven beata instruida en colegio de monjas nada contemplativas en cuestiones que a la moral refiriesen.

Pasaron 2 años o tal vez algo más para que llegase a conocerla, mientras tanto seguía yo allí; ebrio, febril e incandescente de amor puro por una chica que desconocía por completo mi existencia, y a la que nunca le había escuchado siquiera la voz. Y de la que tan solo tenía la certeza de que vivía a unas casas más allá de la mía.

Corría el año nuevo del 87, y esa noche como las venideras de aquí en adelante salí de casa promediando la 1.30 am. Al encuentro de mi inseparable compañero y gran amigo Bortolomeo. Esta noche nos había separado la entrada a una fiesta en casa de Grace, la chica con la que venía teniendo ciertos affaires hace algún tiempo, pero que sin embargo le era un tanto esquiva por encontrarse en cierto modo más que enamorada de otro tipo que no era mi buen amigo Bartolomeo a quien tan solo consideraba; como alguién buena gente, con quien se había besado un par de veces y que era un tanto gracioso cuando de chistes se trataba. Recuerdo haber bebido bastante esa noche consolando a mi buen amigo en una esquina, azuzándolo a que emprenda y vaya con todo en busca de su amor no correspondido o más bien correspondido a medias o siquiera al menos de a poquitos. De lo poco que recuerdo de esa noche, pues han pasado 5 o más años a la fecha, es que ya de madrugada, con los primeros rayos de sol dandome en el rostro terminé besando a Mariela, pero no a  Mariela; mi colegiala beatífica de la que estaba enamorado,  sino a Mariela, la hermana de Grace, el amor esquivo de Bartolomeo, a quien acababa de conocer la misma noche un par de horas atrás.
De esa noche en adelante, no supe más de ella, salvo por un mensaje de texto firmado con un Atentamente Mariela, que erróneamente confundí con uno de Mariela, la chica de la cual estaba enamorado, y a la que por esas fechas en uno de esos azares del destino termine conociendo e incluso compartiendo más de una caminata y largas horas conversaciones irrelevantes que nos hacían sentir bien, y con la que tuve que disculparme al poco tiempo de haberla conocido luego de haberle hecho llegar por escrito una efusiva declaración de amor que redacte una madrugada luego de haber recibido un mensaje de texto firmado por una chica que conocí una noche y de la que actualmente no sé nada, pero que casualmente llevaba el mismo nombre que ella.

Diego A.

jueves, octubre 21, 2010

El Final de una Historia


De pronto escucha un ruido tan fuerte que le hace sentir como si los tímpanos se le reventaran; todo se torna silencio, silencio y más silencio. El estrépito último ha callado toda intención de ruido a su alrededor, ahora no oye absolutamente nada, a sus ojos se le van esfumando los colores de la vida y  son remplazados por un color oscuro que no es negro ni gris, a la par que siente como sus otros sentidos van debilitándose lentamente y poco a poco. 
Sabe que ha muerto, o al menos que si aún no lo ha hecho, está haciéndolo lentamente y a plenitud de sus facultades mentales. Sin embargo no se lamenta este hecho y en las micromilésimas de segundo que aún le quedan de vida, que en realidad le parecen eternas, piensa en todo aquello que a partir de ahora deja atrás; no se lamenta nada de lo que hizo, y a pesar de saber que ha fallado, se alegra de saberse muerto en su ley, tirado en alguna calle baleado por algún desconocido al que él debió de balear primero.
Sabe que esta es su despedida, y no se lamenta de que no haya nadie cerca para escucharle o recoger su cadáver en cuanto este caiga empapado de sangre sobre la acera. Se despide del mundo en silencio paradójicamente sintiéndose vivo por primera vez en mucho tiempo, meditando un adiós inefable al mundo, a la cotidianeidad, a los vivos y sus malas costumbres y sobre todo a los recuerdos nada gratos que cargaba consigo. Ahora ya nada importa; los mensajes de texto, las llamadas por celular, los encuentros furtivos en un hotel de quinta con alguna desconocida, o más bien con una poco conocida. De pronto todo se nubla, el gris se vuelve negro y sólo alcanza a ver una hilera de luz que se cuela por en medio de sus ojos bien abiertos, sabe que es la luz del final, esa luz de la que muchas veces oyó hablar y la que nunca creyó que existiese. Sabe, porque se lo dijeron, que una vez llegado allí; lo olvidaría todo, inclusive que su vida tal vez nunca llego a tener un verdadero significado.
De pronto se sobresalta, pierde por completo de vista la luz, siente que todo le da vueltas y un rictus extraño se le dibuja en el rostro, producto de un amargo sabor que le invade la boca; y que se le hace como si fuera una extraña mezcla de hiel y mierda derretida a propósito. Abre grande los ojos y se topa con la pared despintada de la habitación y esta le resulta más aterradora que la oscuridad absoluta o que aquella antigua casa hecha de cartones al borde de la sequia en medio de inyectables, drogadictos y deposiciones. Lanza un escupitajo fuerte hacia el suelo con ganas de perforarlo, con ganas de mandar a todos al mismísimo carajo pues no está en el cielo, tampoco en el infierno; se halla en la habitación de la pensión: VIVO, con una resaca de los mil demonios y con deseos de meterse otro cuarto de coca por las narices. Se frota los ojos para despertarse por completo, mientras tanto por dentro se siente un desdichado por no haberse muerto como muchos esperaban. Así que tomó el arma que dejó bajo la almohada sin notar el extraño olor a pólvora en el ambiente, sin notar que esta se había detonado accidentalmente, sin notar que ya no tenía balas y sin notar que de la oreja izquierda le corría sangre.
Seguía aún ebrio y drogado cuando salió de casa con un arma descargada enfundada a la cintura, dispuesto a volarle los sesos a alguien y luego morirse.
  Diego A.

domingo, septiembre 26, 2010

El último mensaje

– Ya son más de 50 veces las que te dije que no quiero volver a saber más de ti, supéralo y olvídate de mí para siempre. – (Mensaje de texto recibido el 26/09/2010 – 12:13 am)

Lo cierto es que no eran 50 a las justas y llegaban a las 20; la estuve llamando por largo rato y no me contestó; se que dejó que el móvil sonara y que sonara a propósito, hasta que yo me cansase de marcarle; dos horas más tarde, recibí el mensaje de texto donde por así decirlo; me conminaba a olvidarme de ella y superar por completo nuestra marchita e irreconciliable relación amorosa.

Aún con todo; después de las llamadas no contestadas, del mensaje de texto donde me pedía que la olvide, no estaba dispuesto a superarlo, ni a intentar olvidarla siquiera; así que le insistí un par de veces más al móvil, por si tal vez; ahora sí me contestaba. Confieso; tenía la remota esperanza de que se le ablandase el corazón, que presione aquella tecla verde y que me dijese luego de ya bastante tiempo que también me quería. Pero no lo hizo, le timbre esta vez por cerca de más de 1 hora, sin resultado alguno. Así que concluí en que lo mejor; era tal vez el irme a dormir y rezarle a Dios para que a la mañana siguiente ella me quisiese de nuevo. Así lo hice; me dormí con las manos bien juntas luego de haber rezado fervorosa y ponderadamente 2 padrenuestros y 10 avemarías. Pero al despertar, a la mañana siguiente todo seguía igual; ni siquiera una llamada, timbrada, mensaje de texto, voz u otro que se le parezca que me indique que las oraciones hicieron efecto, por el contrario ahora tenía apagado el móvil y de seguro que no quería volver a saber más de mí.
Diego A.

lunes, septiembre 06, 2010

De como me enamoré de Meriaan

Con profundo fervor y amor a Meriaan*.

Me enamore de Meriaan, un 29 de febrero del 84. Llevaba las polainas puestas y un pedazo de chicle atorado en la suela de uno de los borceguís que me incomodaba al momento de sopesar mis pasos. Estaba algo cansado y ansioso por volver a casa; a pesar que no hubiera nadie esperándome, me urgía desesperadamente el llegar allí y respirar de nuevo aquel aroma a hogar que no había podido encontrar en ninguna otra parte y que casi olvido en medio de los raudales de pólvora, sangre y cadáveres con los que tuve que convivir a diario.

Mamá y papá se habían marchado hace siete años, a un mes de estallada la guerra; esa noche frente a casa vieron como era ajusticiado un soldado enemigo a manos de fuerzas estatales, la escena fue tan brutal que no lo soportaron; fue en esa misma noche, que antes de irse a dormir ambos comprendieron que estaban demasiado viejos para estas cosas del mundo moderno y sus guerras, así que cerraron sus ojos y simplemente se durmieron juntos y en paz consigo mismos lejos de lo cruento, lo atroz y lo inhumano que trae consigo la guerra.

Josep, mi único hermano hacía mucho que había emigrado a Bucarest, a centenares de millas de donde yo me batía día a día y noche a noche por defender el honor de mi familia y de mi patria. Se había casado y ahora tenía una hermosa familia a la que pude conocer en detalle por fotos y extensas misivas donde milimetraba una considerable cantidad de sucesos relevantes en su vida diaria. Tenía dos hijas preciosas; ambas pelirrubias achinadas y pecosas de 3 y 4 años respectivamente y una mujer bella, alta, de ojos grandes y verdes, y muy amorosa y atenta, según lo descrito en sus cartas.

Detuve el caballo en frente de casa y lo ate a un árbol cercano que no recordaba existiese antes en esa parte, di unos pasos lentos, pero antes raspé las botas contra el suelo intentando quitarme el chicle que traía pegado en las suelas, pero fue inútil, así que crucé el umbral desierto con el chicle pegado en las botas de todas maneras. Me senté en el viejo mueble verde, que aún quedaba y que me recordaba las historias de papá y de la abuela que siempre remendaba algo que no necesariamente necesitaba remendarse.

Dormí cerca de una hora allí, sentado en el mueble en medio de recuerdos. Pero fue cuando salí a la calle nuevamente esta vez por mis cosas; que la vi por primera vez, parada a un costado de la puerta de la casa de al lado. Era de estatura mediana y de contextura delgada; tenía el cabello negro, algo rizado; la nariz pequeña; la sonrisa delicada y encantadora (que pude ver pues cuando la vi jugaba con un pequeño de unos 7 u 8 años); los ojos negros, acaramelados grandes y profundos.

A pesar de lo descrito, les diré que esa tarde más que verla y enamorarme físicamente a ella, me enamoré de su alma la que vi de casualidad a través de esos ojos negros y su dulce sonrisa. Me termine enamorando de ella sin siquiera cruzar palabra alguna o saber algo de su pasado. Comprendí entonces que ella era la mujer de mi vida, la mujer por la cual pelee en una guerra tal vez absurda, pero al fin y al cabo guerra, y la principal e ignota razón por la cual volví a una casa vacía donde nadie me esperaba en un día que sucede 1 sola vez cada cuatro años.

Diego A.


* Meriaan.- No es su verdadero nombre en la realidad, lo sabes, como también sabes que es más bien es una pretensión mía por disimular un Sí evidente.

sábado, agosto 21, 2010

Una Historia de Naranjas

Lo brillante de no escribir nada, de quedarse sin ideas; seco como una vieja naranja, es que tal vez un día, el menos pensado abres los ojos miras el cielo o simplemente el techo de tu cuarto y te das cuenta de que verdaderamente no estabas seco ni podrido; y mejor aún que no eras una naranja.
Sino que eres un hombre al que le dijeron que era más cómodo ser una naranja, y terminó por creer como muchos que habían nacido predestinado a ser una de ellas. Fue así que te empeñaste en conocer a profundidad la materia teniendo como fin ser la mejor naranja que existiese. Por eso cuando descubriste que las naranjas no se mueven por si solas; dejaste de moverte. Cuando te enteraste de que las naranjas no van a la escuela, dejaste de lado los libros porque no era necesario aprender; total en tu vida de naranja de nada te servía el haber leído algún libro, es más las naranjas no saben leer, pero tú ya sabías y no lo notaste, y seguiste empañado en cumplir tu destino de naranja. Te sentías redondo y naranja, completo y naranja por lo que dejaste de lado la búsqueda de tu verdadera media naranja. Total eras única, redonda, completa y naranja, y no necesitabas de medias partes pues tú por ti misma eras omnipotente en tu mundo habitado de naranjas disfuncionales.
Pero un día te pudriste tal y como todas las naranjas lo hacen en algún momento, ya no te sentías tan naranja como antes. Pero tampoco era tan malo, seguías teniendo tu mundo aunque ya no tan naranja como antes. Con el paso del tiempo deseaste ser hombre, al ver como tu vida se esfumaba, y como tu ciclo llegaba a su fin. Sabías que no había más remedio, que el morirse seco y podrido; fue entonces cuando ante lo fatal de tu destino de naranja despertaste asustado y descolorido; viste lo que había a tu alrededor, y te alegraste de que no fuera naranja como siempre habías querido.

Diego A.

jueves, agosto 05, 2010

Fragmento I (Novela)

La música electrónica retumbaba con fiereza en sus oídos, y lo hacía desorientarse de vez en cuando, cada vez más, pero esto, parecía no importarle, por el contrario; se sentía más que bien, feliz, contento y extasiado. Daban las 3:30 am y a estas alturas de la madrugada, tenía la cara sumida en un profundo hormigueo, los ojos disparados y no coordinaba bien los movimientos, sabía que estaba bien borracho. Las copas de whisky, champaña y pisco habían anulado por completo su razón, su cordura y sobretodo su discreción, ahora se sentía flotando sobre las nubes, ávido de ser notado por todos los concurrentes al espectáculo de aquella noche.
Santiago Méndez, estaba borracho y sentía que “El Medieval” era parte de su ser, o más bien al revés, que él era parte de ese ser cabaretero macizo de cemento y fórmico llamado “El Medieval”.

                                                                         ***
Cuando despertó todavía estaba borracho y con una fuerte resaca que le remecía la cabeza y el cuerpo entero, se encontraba recostado en su cama, con la ropa del día anterior aún puesta, y a su lado estaba Mery-Ann, su esposa, que parecía estar sumida en un profundo sueño a pesar de que ya era de día y el sol le tostaba los pies al colarse por entre las ventanas de la habitación. Se levantó suavemente intentando no despertarla, pues lo más probable era que se hubiera quedado en vela toda la noche esperando a que él llegara o que al menos le contestase el celular que apagó en cuanto hubo llegado a “El Medieval” para evitar ser interrumpido. Mery-Ann tenía puesto un babydoll muy discreto, en color rosa de tela liza, que le marcaban sutilmente las curvas de mujer joven y guapa...

Fragmento inédito estraído de la Novela "------------------" (aún sin título)
Diego A.

miércoles, julio 21, 2010

La casa de las muñecas

Las cortinas habían sido corridas, no sé si a propósito o de un modo involuntario; tras ellas pudo apreciar a las muñecas dispuestas cada una sobre una silla, formando una especie de medialuna que apuntaba a un televisor apagado sobre el cual se disponían flameantes y sin especificidad alguna 2 o 3 comunes velas blancas. Al parecer no había nadie más en esa casa donde caprichosamente un grupo de muñecas se había sentado a contemplar el consumir de la flama de unas velas que sin motivo aparente yacían sobre un televisor apagado.

– Una casa de muñecas – se dijo a si mismo. La sola reflexión de lo que acaban de ver sus ojos le causó estupor y espanto. No se trataba de una de esas películas que tanto le gustaba ver. Era la vida real, y era la primera vez que la veía tétrica, poblada de mentes desquiciadas y asesinos seriales que contemplan a lo lejos a un grupo de muñecas sentadas sobre unas sillas con solo Dios sabe que malsanas intenciones. Se preguntó acerca de la identidad del extraño y desquiciado ser que recreó esa noche aquel ambiente lúgubre y fatalista donde los elementos engranaban entre sí; la noche negra y fría, las muñecas, las sillas y las velas que se consumen en un modo análogo a como se extinguen las ilusiones o peor aún la vida misma. No pudo más con todo eso, era demasiado para él, quería dejar de pensar, pero sobretodo quería dejar de ver; le gustaba ver escenas como estas en las películas, pero en definitiva le aterraba la posibilidad de verlas en la vida real y sin la protección de lo ficticio e irreal; así que corrió tan rápido como le fue posible. Si había algún demente o desquiciado en esa casa no quería de ninguna manera toparse con él o que él le viese, se sabía no capaz de resistir, así que corrió tan rápido y lo más lejos que pudo.

De pronto las luces se encendieron opacando la imprecisa luminosidad que brindaban las velas. Seguido un hombre treintañero con una temerosa y pequeña niña hicieron su entrada.
– Vez como ya todo está bien, ahora puedes continuar amor – le dijo el hombre treintañero a la pequeña niña que traía de la mano. Encendió las demás luces que faltaban, apagó las velas, limpió la cera derramada sobre el televisor y arrojó un par de fusibles viejos y quemados hacia la calle, para luego sentarse en el otro extremo de la sala contemplando como su pequeña niña de 4 años daba una conferencia magistral a un distinguido panel de muñecas dispuesto en media luna, que se habían reunido esa noche para escuchar la entrecortada exposición de una experta que les diría cómo verse siempre bonitas.

Diego A.

viernes, julio 02, 2010

Recuento de lo Vivido

Hoy quiero recordar que escribo, mientras oigo una melodía que escuchaba cuando niño, y se me vienen a la mente uno que otro recuerdo triste que me embargaba al oírla. Esta vez se trata de una versión a piano cargada de más melancolía de lo habitual. Los recuerdos siguen viniendo, sin embargo, me siento feliz; feliz de estar algo triste, y a la vez muy contento por nada en especial.

Pienso en la gente que me rodea; en la gente que ahora no veo y me conoce de hace mucho o algún tiempo atrás;

En mi mejor amigo de infancia al que a pesar de la distancia sigo queriendo y estimando tal y como lo hacía en la época de colegio; donde juntos nos dedicábamos a espiar secretamente y con el afán de que tal vez en algún momento se fijara en nosotros la chica de quinto que nos gustaba, mejor dicho; que nos encantaba, y que tal vez nunca llegó a percatarse de nuestra existencia, a pesar que la seguimos durante todos los recreos de ese último año en el que ella estudio en el mismo colegio que nosotros.

En la primera chica que besé, y que hace algún tiempo no más de 1 año estoy seguro, trajo al mundo al que sería su primogénito. Ella se casó en una boda a la que no llegue asistir, a pesar de que en algún momento, creo, le prometí que lo haría, aunque precisando un poco no estoy completamente seguro de haberle hecho una promesa de ese tipo, tal vez me lo inventé yo mismo en uno de esos múltiples desvaríos que de cuando en vez me azotan, el caso es que no estuve presente, quiero que pensar que debido a una problemática al momento de la repartición de los partes, tal vez no lograron ubicar la dirección de mi casa, o no encontraron a nadie en cuanto fueron a verme. Resumiendo un poco no llegue a ir a esa boda, a pesar de que sentía era mi deber, el estar allí presente, en la boda de la chica que me beso o que yo bese por primera vez, y que me introdujo sin mucho éxito al problemático mundo de las relaciones humanas.

En la chica dos años menor que yo, que fue y tal vez siga siendo ahora ya en una minúscula parte mi amor platónico, y que me prometió algún día casarse conmigo, o al menos intentar establecer algún tipo de relación seria; recuerdo que rechacé esta oferta en múltiples oportunidades algunos meses después por no considerar propicio el momento, ni las circunstancias. Desde entonces cada vez que nos vemos cada 5 o 4 meses, que es el periodo tácito y reglamentario que tiene que pasar entre uno y otro encuentro; ambos bromeamos del tema, a sabiendas que yo nunca me casaré con ella y que también ella nunca se casará conmigo, ni tendremos algún tipo de relación seria más allá de la fuerte amistad que nos une.

En la chica que veo tras el mostrador, y a la que conozco muy bien, pero que tal vez ya no me recuerda. Es por eso que tan solo me limito a pasar de vez en cuando, cuando puedo, por enfrente de aquella tienda donde a veces la veo sin que ella se dé cuenta, o donde a veces la veo sin darme cuenta, y sin esperar tal vez poder concretar algún día una cita secreta, que sé, nunca se dará porque simplemente no deseo llevarlas cosas más allá de aquel mostrador donde a veces y consciente o inconscientemente la veo.

En mi mejor amiga con la que mantuve una relación medianamente larga, y se convirtió sin quererlo en mi novia a la que llegue a querer más allá de lo que pudiera haber imaginado. Relación que sin embargo debido a complejidades no definidas, y a problemáticas sentimentales que ya no recuerdo, y en pro de bienestares ajenos a mi persona debí de concluir con más culpa y pena que satisfacción, pero a la vez con una cuota exagerada de un no sé qué, que me decía estaba haciendo lo correcto y que eso era lo mejor.

En la chica que fue mi esposa sin antes ser mi amiga y siquiera mi novia, a la que estuve dispuesto a apoyar incondicionalmente, y de la cual sin embargo me despedí una noche abruptamente con un beso en la frente, y la promesa secreta y silenciosa de nunca más volverla a ver. Era de noche recuerdo, el día exacto, acabé por olvidarlo, pero es desde esa noche que no he sabido más de ella. Aunque confieso, que últimamente me gustaría quebrar aquella promesa que me hice esa noche, e ir verla, darle un beso por saludo, y saber que por fin se encuentra bien.

En la chica que decidió en algún momento ser completamente sincera conmigo, y con la que yo decidí en ese entonces ser completamente sincero; a la que sin embargo terminé defraudando pues tal vez con ella fui todo lo ruin e inconsciente que pude haber sido, es por ello que acabé escribiéndole un artículo excusándome por las mezquindades de mis afectos volátiles en esos momentos.

En la chica con la que alguna vez ideé un mundo nuevo y de la que hoy sólo guardo el grato recuerdo de lo bonito que fue mientras duró y ella quiso que durara. En algún momento pensé el escribirle una novela, cuando aún me encontraba enamorado de ella; comencé a escribirla, pero la acabé por desechar luego, no por considerarla demasiado íntima, sino demasiado intrascendente, luego de haber escrito casi más de 30 hojas me di cuenta que a nadie le interesaba un recuento de los planes, ni explicación del porque culminaron las cosas, es así que decidí guardarla como un recuerdo de olvido, que llevaba por nombre el mismo que la virgen tomó, cuando fue vista aparecida en una región de España.

En la chica que tal vez no conozco, o tal vez ya conocí, y a la que amo profundamente, a pesar de mi plena inconsciencia de este hecho o mi renuencia a aceptarlo por completo. Pienso en ella, la que con una sonrisa me desbarata por completo, la que se muestra tímida y dulce en cuanto le digo que la quiero, la que aparta su mano de la mía o me rehúye la mirada por considerarlo impropio de simples amigos, y a la que me quedo viendo con cara de bobo contento mientras deseo por fin besarla y que me diga que también me quiere tanto como yo la quiero.

En los que son mis padres y me conocen o desconocen a plenitud o en parte, a los que amo profundamente, y a los que aspiro con verles tan sólo una sonrisa por siempre en sus rostros y liberados de toda perturbación.

En el resto de la gente, los que me conoce hace mucho o poco tiempo; en mis nuevos mejores amigos, uno el de la sonrisa eterna y el buen ánimo e incluso cierto grado de inconsciencia ante los problemas. El otro, el que se pone terco y necio cuando toma y se le pasan de copas, pero que a pesar de todo sigue preocupándose por todos los que considera sus amigos.

En la gente que trabajó conmigo y que alguna vez me llamó la atención con justa o injusta razón. En la gente, a la que en algún momento llamé la atención, y que me tildó de injusto porque creyeron que actuaba contrario a lo que ellos creían razonable en uno u otro tema que ahora no recuerdo, o que prefiero no recordar debió a la intrascendencia que ahora estos encierran.

En mis enemigos, los que ha la fecha se han multiplicado silenciosamente y por docenas; de los cuales yo soy el más peligroso y al que más temor le he tenido hasta ahora en mi corta vida, y al que más miedo le he de tener por siempre, de eso estoy seguro.

En el chico al que le debo un golpe en el rostro; cometido que guardo con paciencia hasta el momento preciso en el que lo tenga enfrente, y me cobre no una venganza aplazada, sino una indemnización, que tal vez nunca llegue a darse, pero que anhelo fervorosamente suceda algún día de modo que se compensen los daños causados, no a mi persona precisamente.

Diego A.

viernes, junio 25, 2010

Déjame Quererte

Déjame darte un beso en la boca y decirte que te amo.
Déjame que necesito abrazarte fuerte, fuerte, muy fuerte, y apoya tu rostro en mi pecho, que necesito sentirte mía y que te protejo.
Déjame cuidar tu sueño aunque no esté a tu lado y yo también duerma.
Déjame que necesito soñar, que soñamos juntos; el mismo sueño, y si no puedes, al menos déjame seguir soñando solo; pero soñando contigo.
Déjame que emita una oración a tu nombre pensando en ti cada día; y aunque no sepas que lo hago o no me lo creas en cuanto te digo; déjame, déjame que quiero seguir haciéndolo.
Déjame pensar que sabes que esto que escribo es tuyo, tuyo y solo tuyo.
Y déjame si puedes algún día; un beso al amanecer, de noche o al medio día, y que lo lleve el viento para que algún día me encuentre en mundo disperso. Pero sobre todo déjame creer, que aunque verdaderamente este nunca llegue; algún día me ha de encontrar.

Diego A.

martes, junio 22, 2010

Mi primer artículo 3 años después

Año 2007, miércoles 10 de enero, hora no precisada.
Me he dado cuenta de que me gusta escribir y que quiero ser escritor, pero hay un problema; no sé nada al respecto y sobre todo no sé escribir bien.
Busco algo sobre el tema en internet y en algunos libros; pero no encuentro nada que me diga cómo hacerlo. Tiempo después he venido a comprender por qué nadie le enseña a uno cómo escribir o convertirse en escritor. Pero de eso no hablaré esta vez pues estaría violando una especie de código tácito, existente desde hace ya bastante, entre los muchos que nos hacemos llamar escritores.
Para ese entonces tengo 19 años y he tomado una decisión no muy común, voy a ser escritor aunque nadie me diga cómo hacerlo, y tal vez en el fondo, sea uno de los prospectos menos promisorios del mundo de las letras.
Y así decido crear un Blog para exponer lo que escribo al mundo entero; aunque más bien eso de mundo entero termina quedándome un poco grande, porque al final mis lectores y no tan asiduos debo decir, terminen siendo unos pocos, que por lo general son amigos míos y que en cierta forma se encuentran un tanto coaccionados por vínculos amicales u otros de índole sentimental hacia mi persona.
“Sobre un nombre desconocido” titulaba mi primer artículo publicado, en la fecha antes mencionada, y en ese entonces como ahora no sabía que escribía. Tan sólo sabía que quería escribir.
Sobre un nombre desconocido

Ayer me puse escribirlo en medio de conjunciones inequívocas que no hacían más que delatar la resonancia de su ser en mi pecho.
Allí estaba ella, integra en sus sentidos, callada, sutil, dulce e imaginaria, como dibujada en mi mente por una ráfaga de viento.
Su nombre un misterio incierto e infinito, o tal vez un enigma develado hacía miles de soles y lunas. Tal vez esto era lo que la hacía tan especial; su nombre, o quizá sea que este hecho no influía en lo más mínimo en aquello que la hacía tan diferente de las demás personas, porque un nombre, no es más que eso, tan sólo un nombre; un conjunto de trazos delimitados y compartidos muchas veces por infinidad de seres.
Y ella, para mí era, mucho más que eso y no podía delimitarse a ningún campo de lo comprensible o estimable, porque ella, a fin de cuentas era totalmente distinta a todas las personas que hubiera conocido antes, y eso me gustaba pero a la vez me daba un poco de miedo, porque tal vez era que se parecía demasiado a mí.

Diego A.

domingo, mayo 30, 2010

MÉNDEZ, el profesor de arte

Méndez era el profesor de arte. Tenía cinco años o quizá más, enseñando en aulas. Sus colegas no hablaban de él, no porque no haya destacado entre los profesores ni mucho menos porque haya sido un mal docente, sino que su presencia era totalmente desapercibida.
Hablar de Méndez y describirlo sí que fue un trabajo arduo ya que domicilio fijo no tenía, familia inubicable y amigos quién sabe. Hubo tan sólo un alumno cuya información fue valiosa para escribir sobre éste olvidado maestro.
Físicamente no fue un hombre apuesto, es por eso que no despertaba algún interés en las mujeres. Fue de complexión enjuta, nariz aguileña y con una joroba inmensa, que espantaba a cualquier señorita dispuesta a saludarlo.
Estudió Arte; no por el placer de descubrir lo maravilloso de la pintura, la música o escultura, sino por imposición, no sé si de sus padres o de su tutor. Era un hombre de una suerte desdichada. El día del maestro nadie lo saludó y encima le hicieron una pésima broma sus alumnos.
Cuando entró en aulas por primera vez su voz era tan magra que ni un tísico hubiera sido capaz de escucharlo. No hablaba bien, entrecruzaba las palabras y cuando pretendía escribir en la pizarra lo hacía con errores ortográficos, eso despertaba en los alumnos risotadas que llegaban hasta oídos del Director, pero éste tan o más mediocre que él, dejaba sin resolución esas quejas.
El día que había exámenes tan poca autoridad demostró tener, que sus alumnos solían salir de su clase e iban a la siguiente aula a sacar la copia de algún amigo y regresaban a seguir resolviendo. Pobre hombre. Fue un profesor mediocre, sí, como esos que abundan por la sociedad… los alumnos lo negaban y eso se percibió a la salida del colegio, cuando se escuchó decir a alguien y a ti quién te enseña Educa. Física.
– Ah a mí me enseña Benítez.
Ah que buen profesor, a mi me enseñó el año pasado.
Y el de Literatura… a qué lástima a mi ya no me enseña.
- Alguien preguntó y del de Arte… el silenció enlutó la conversación.
-No sé, dijo uno. Es un idiota. No recuerdo su nombre, ni tampoco quiero memorizarlo….
Nunca se escuchó palabra encomiable hacía él, ni en las actuaciones ni en reunión de profesores. Tan mal docente fue, que no dejó huella alguna en sus alumnos a no ser su mano pesada que una vez sentí no bien se dio cuenta que le había puesto plastilina en el pantalón. Creo que después de mí, nadie sintió su llegada ni mucho menos su partida.

El Centinela.

Paradojas Universitarias

Son tres ciclos los pasados por la universidad y experiencias marcadas son pocas a no ser meramente estudiantiles. La antipedagogía de pocos docentes sí que es un problema terrible y preocupante. Desde que llevo asistiendo a esta casa de estudios no he oído hablar de otra cosa que no sean métodos y teorías, que a mi parecer, sólo quedan en eso; en simples teorías, que algún día un estudiante llegará a aplicar cuando egrese de esta universidad.
He escuchado a profesores repetir incansablemente, esta frase: “El maestro si bien necesita enriquecerse culturalmente eso no basta, requiere un conocer del alumno. Saber al menos su nombre, cómo piensa, por qué y para qué le sirve lo aprendido…” cosas que un pedagogo creo que sí le interesaría saber de su estudiante. Pero quizá la memoria sea frágil para algunos docentes, que les resulta imposible conocer el nombre de sus alumnos, quizá sea comprensible pues tenga muchas aulas y recordar tantos nombres o apellidos sea difícil, está bien. Pero esto no sería preocupante si al menos se interesara por averiguar qué carrera es la que está enseñando o si es mucho pedir pues que sepa en qué ciclo está parado. Y no cuando se esté acabando una clase nos pregunten ¿Ustedes jóvenes de qué carrera son? Eso duele como estudiante de Educación. Es paradójico pues profesores hablan de tantas cosas que se ve como una utopía y no precisamente porque lo sea, sino porque no deciden cambiar.
Dicen cómo aplicar los conocimientos. Qué o no hacer en clase. Pero de ¿Conocer a sus alumnos?
Cómo se entra en un aula y ni siquiera se pregunta… Y este ciclo a quiénes voy a enseñar; espero que los alumnos sean tan buenos o mejores que los del ciclo pasado. Acaso hay algún profesor que se tome la molestia de averiguar con colegas suyos, que impresión tienen de ese código o quizá quiénes destacan en él. Y no al finalizar un ciclo recién preguntarse ¿Quiénes son? ¿Qué estudian? eso no es de un docente que se sienta identificado con sus alumnos. En dónde se ve reflejado ese conocer… Acaso será en sus notas, en su presencia en el aula, en qué. Sería bueno saberlo.

El Centinela.

jueves, mayo 20, 2010

Perdón por lo Mezquino

Soy un hombre libre - pienso - mientras me toco la cabeza con ambas manos y aspiro fuerte mente todo el aire que puedo, miro al cielo, pero sólo logro ver el techo de mi cuarto que siendo blanco, me recuerda paradójicamente unos capítulos un tanto obscuros y aciagos de la que fuese mi antigua vida, que en resumen no fue enteramente mala, pero que si debía de cambiar con cierto grado de desesperación.
Recuerdos, claro que los tengo; la mayoría de ellos gratos y un tanto satisfactorios, pero también están presentes aquellos otros un tanto sombríos y dolorosos, cargados en cierto modo de un viscoso pesar. Ambos a fin de cuentas, componen parte de lo que soy ahora; un hombre que pretende ser bueno. Pero que a fin de cuentas es tan sólo un hombre.
 En resumen he sufrido y he hecho sufrir tal vez en cierto modo involuntario a mucha gente. Sé que no se lo merecían, es por eso que hoy pretendo manifestarles a ellos mi expiación por los pecados cometidos alevosamente en su contra. Es en este punto de mi vida que comprendo que nadie merece sufrir, ni siquiera aquellos a los que les llama comúnmente malos e impíos, a fin de cuentas cada quién acaba recibiendo la contraparte a su actuar, y no sé si esto venga de modo natural o divino, pues prefiero no complicarme la vida en divagaciones teologales u otras disertaciones en de asuntos de fe, castigos morales o contrapartes divinas. Últimamente es que he acabado de aceptar por completo este hecho como una verdad absoluta que gobierne mis actos. Pero antes necesito curarme por completo de una enfermedad llamada ingratitud y felonía, para ello debo pedir perdón en cierto modo, y si es posible a todas aquellas personas que en algún momento dañe o hice sufrir consciente o inconscientemente.
Es por eso que hoy quiero hablarte a ti; tú sabes que estas líneas que escribo son tuyas es por eso que no diré tu nombre, ni los hechos, ni los posibles lugares, ni ningún otro referente significativo que pudieran llevar a quien leyese estas líneas hacia tu persona. Tan sólo te diré que quiero pedirte perdón de la forma más sincera y encarecida, a pesar de que sea algo tarde y en cierto modo tal vez innecesario, pues tal vez ya haya sido perdonado por la magnanimidad de tu ser. Pero te pido me perdones una vez más y ayudes de este modo a acabar con todo aquello que me ata a aquel pasado que pretendo olvidar, hoy te pido que aquí acabes públicamente con este hombre que fuese algún día un ser alevoso, de Afectos Mezquinos y lleno de frases hechas llenas de mentiras, pero de palabras bonita, para salir del apuro. Acaba con él; con sus sentimientos escondidos, con su egoísmo, con su falsedad y su hipocresía, con su temor a amar, con la cobardía que lo hacía huir, con las promesas rotas, y con la completa sinceridad que prometió una vez, pero que nunca llego a cumplir.

Diego A.

domingo, mayo 16, 2010

Era la Sensación Perfecta

No me gusta mucho leer, pero admito que soy fanática de aquellos libros con temas de amor, y temas que te dejan suspirando. Por eso hoy recordé aquel párrafo que leí a la orilla del mar, en un viaje q fue de olvido, y del que hoy casi ya no me acuerdo.
“El amor es siempre nuevo. No importa que amemos una, dos, diez veces en la vida: siempre estamos ante una situación que no conocemos. El amor puede llevarnos al infierno o al paraíso, pero siempre nos lleva a algún sitio. Es necesario aceptarlo, pues es el alimento de nuestra existencia. Es necesario buscar el amor donde esté, aunque eso signifique horas, días, semana de decepción y tristeza. Porque en el momento en que salimos en busca del amor, el amor también sale a nuestro encuentro. Y nos salva”
Y por esa razón no quiero escribir frases devastadas y adjetivos grises, quiero hablar el lenguaje de aquellas “mapolozas” que solo tu entenderías, con frases que no se marchitan, que no se olvidan, que invita a la espera y no oculta un te quiero extraño.
Quiero con esta “memoria de elefante” construir una historia que tratara de como, cuando y donde te enamoraste de mi. Pues no pretendo ignorar mis recuerdos, ya que al final estoy hecha de ellos; tengo buenos y malos, pero los tengo; porque los viví, y sé que no eres perfecto, pero encontré la perfección a mi modo, en ti mi hombre imperfecto, porque eso es querer, y aunque hoy olvidaste miles de motivos (Vale y Gastón); yo nunca olvidare que un día fui tu complemento y tu el mío.
Y sé que ahora podrás escuchar otros mil y un “Te Quiero” con o sin razón, palabras quizás ajenas a ti, y nunca sabré el porqué. Al igual que nunca sabré lo que otras personas sienten, sólo sé lo que yo sentí y cuando te dije aquel primer “Te Quiero”, que para mí no era tan sólo una frase vacía, producto de la soledad o la melancolía. No era un intento de engaño, no era hipocresía, no era egoísmo, ni el absurdo deseo de hacerte daño. Simplemente eran mis latidos transformados en palabras. Palabras que hoy quisiera, que al ser emitidas hagan eco en la luna y te encuentren en donde quiera que ahora estés.

Vivi L. / Diego A.

sábado, mayo 15, 2010

Se habría llamado MACARENA.

De haber nacido Macarena, en este momento tendría 18 años, sería una muchacha alta, de piel blanca como la nieve, de sonrisa de ensueño, figura envidiable y de ojos color café intenso tan iguales a como los tenía su padre. A Macarena, lo que más le habría encantado en este mundo sería el ir de compras, o el tan solo revisar una que otra tienda en compañía de algunas amigas. Macarena habría amado mucho a su madre, que se hubiera llamado María Elena, y habría adorado tanto o más que a ella a su padre, en especial porque este siempre la hubiera complacido en sus caprichos; y de vez en cuando la hubiera llevado de paseo a la casa de campo a bordo de su vieja furgoneta roja. Estoy convencido de que ella habría amado la simplicidad de este, su padre, que se llamaba Santiago, que vivía la mayor parte del tiempo en lo que él habría de llamar su oficina, y que no sería más que un rústica casa de campo con vista a unas cuantas montañas enanas partidas a la mitad por un río, llamado río seco porque la mayor parte del tiempo permanecería sin agua. Macarena, lo habría amado, por lo que era, un hombre feliz y simple, que la mayoría de veces escribía acerca de cosas complejas. Y de uno u otro modo, ella querría ser feliz como él; haciendo lo que siempre quiso hacer, que en el caso de él era; escribir libros y que los leyese la gente.
Macarena, tendría un hermano 2 años mayor que ella, llamado Alfred, y el sería un amante de la cocina, que a la corta edad de 20 años, se habría convertido en un experto chef reconocido, que no haría más que prepara exquisiteces, en oposición a su madre María Elena, quien siempre quiso para él, el futuro de un Médico Cirujano Plástico, que bien le haría falta en este momento, en que la edad le comenzó a pasar factura. Alfred, amaría a su hermana Macarena, y sería el responsable por encargo de Santiago, de ahuyentar a los pretendientes, que embelesados por la divina hermosura de su hermana, Macarena, llegaban y se quedaban estampados en la puerta como abejas en la miel.
Alfred, al igual que Macarena, habría de amar mucho a sus padres, en especial a María Elena su madre, pues sabría que ella nunca la tuvo fácil, y que sufrió mucho en la vida para que él fuese lo que ahora era, y a Santiago, el escritor Betseller, que se convirtió en su padre, al casarse con su madre cuando él ya estaba algo crecido.
En resumen, serían una linda familia y si en algún momento habría algo que le faltase a Macarena, eso en definitiva, no sería amor. Pero las cosas no siempre son como se suponen deberían de ser, Macarena, nunca vio la luz de este mundo, sería por siempre tan sólo la promesa de una vida que no pudo ser, que se quedo pegada en la cabeza del que pudo ser su padre, como la idea de una protagonista, de un libro para niños que nunca llegaría a escribir, pues prefirió dedicarse a los dramas y las novelas crudas. Y en la de la que pudo ser su madre; como un nombre de mujer que alguna vez le hubiese gustado ponerle a una hija que nunca tuvo, pues se dedico por completo al cuidado del pequeño Alfred, quien al final si se dedicó a ser cheff.
La vida continuó, Santiago, el escritor seguía escribiendo, se casó con Fernanda, que era la mujer de su vida y a la que le dedicó más de 5 libros y con la que juntos tuvieron una pequeña a la que llamaron Clara; a la que amo tanto como le hubiese sido posible amar a Macarena, la niña que nunca llegó a tener con María Elena, porque en algún punto de la historia, al parecer, se separaron.

Diego A.

miércoles, mayo 12, 2010

Olvídate de Ella

- Se suponía, que no debías enamorarte de ella. ¡NO SEAS ESTÚPIDO! –me dijo Vincent, mientras me tomaba de los hombros fuertemente sacudiéndome con violencia e intentando a toda costa hacerme entrar en razón.
No lo estoy – me defendí – No me he enamorado de ella.
– Tan solo me gusta mucho, quiero pasar algo de tiempo con ella, eso es todo. Además lo hago con fines netamente literarios. Necesito conocerla, y saber su historia – le dije.
- Esas son tonterías, no vas a venirme a mí con el cuento del escritor en busca de historias que contar. Tú, de lo que padeces es de ahuevamiento severo.
Entiende que no te puedes enamorar de ella. No lo puedes hacer bajo ninguna circunstancia, te lo digo como amigos que somos; ¡OLVÍDALA POR FAVOR!, no la llames, no la busques, o simplemente métete en la cabeza que nunca la conociste.
Oía las razones de Vincent, y me parecían totalmente convincentes, pero no quería aceptarlas, por eso emitía justificaciones literarias que si tenían mucho de cierto más no eran completamente verdaderas en su totalidad. Lo único verdaderamente cierto, era que estaba enamorado de ella, a pesar que desde un primer momento, mi subconsciente me dijo que no debía hacerlo bajo ninguna circunstancia posible; acabe haciéndolo.
Me enamore de ella, 2 a 3 años menor que yo, proveniente de más de 3 países distintos y hasta hace algo menos de 1 mes una completa extraña en mi vida, que sin embargo ahora sabía mi nombre y de vez en cuando, cuando yo no le escribía nada; acaba mandándome un mensaje de texto con una que otra frase cariñosa acompañada de besos, abrazos y buenos deseos.

Diego A.

lunes, abril 26, 2010

Nunca como la Lombriz

Me encontraba en uno de esos momentos de iluminación, concedida tal vez erróneamente a mi persona, por parte del creador Dios, padre de todas las cosas, y me puse a pensar - cosa extraña - en una de sus criaturas, no una de las más pequeñas, tan poco no una de las más agraciadas o peculiares presentes en su creación. Pero sí, según muchos, citando cifras estadísticas que aproximan la concordancia de la creencia en este hecho a un 97.32% de la humanidad, que la califica como una de las criaturas más felices. De allí que se produjera la frase célebre “Más feliz que una lombriz”, y que muchos mencionan sin tener siquiera en cuenta lo que significa en sí.
Me pregunto entonces, como parte tal vez de una de esas muchas preguntas que se hace el hombre en el discurrir de su vida; el cómo puede ser esta criatura tan feliz como se dice. Investigo un poco en internet; encuentro varios artículos de blog’s titulados de ese modo, foros inundados de preguntas al respecto, y eruditos en el tema brindando respuestas sabias propias de un conocimiento ulterior que no poseo ni creo llegaré a conocer en materia de lombrices felices; me topo también con cierto número de canciones en un número no imaginado, que aluden al tema de la felicidad lombricienta; entre ellas la de una jovencita que en tono ranchero manifiesta su felicidad por tener un novio a lado, novio del que supongo debe tener algún tipo de extraña característica análoga a esos seres, o al menos algún tipo de predilección helmintológica, para que su eufórica nueva novia le dedique una canción tan extraña exaltando la gloria de su amor.
Decido dejar de lado lo que encuentro en internet pues no hace más que distraerme; y me concentro en mi búsqueda, ausculto libros, estudio sus atributos físicos, y hago un repaso mentalmente acerca de la composición química de su organismo en búsqueda de evidencia científica que respalde este hecho, mas no encuentro nada. Ni una sola palabra, texto o alusión a la inesperada felicidad de este pequeño y alongado invertebrado.
Me olvido de lo científico y de mi investigación, que de nada me sirvió y me quedo con lo que se de estos animales desde un comienzo, y eso es que: Son ciegas, no tiene patas, se arrastran unas en la tierra, otras en los intestinos de algún mamífero, unas comen la comida que uno se come y otras se lo comen a uno, y otras comen simplemente caca entre otras cosas nada gratas. Lo que vendría a significar que para alcanzar tal grado de felicidad debería de quedar; ciego, manco, cojo, en estado parasitario y que para alimentarme de vez en cuando en la dieta debería incluir una significativa ración de excremento. Siendo así, ¡No quiero ser feliz!, prefiero seguir siendo un gordo con lentes, pero que ve, que llena de frituras sus arterias día tras día, pero de un modo independiente y autónomo, pero que sobretodo nunca se arrastrará por el suelo ni comerá esces fecales.

Diego A.

viernes, abril 16, 2010

De como Volkswagen hizo feliz a un niño

Otro día más me sorprende con las 12 de la tarde encima envuelto de estupor en mi cama. Con el sol apuntándome en los ojos, y la conciencia punzándome con frases recriminatorias que prefiero no escuchar, y que me culpan de desidia, modorra, letargo, además de ser también un individuo culposo de crímenes de lesa humanidad. Miro el reloj y comprendo que debo de levantarme a pesar de no tener nada que hacer, y aunque preferiría seguir durmiendo, me levanto. Me levanto, porque eso es lo correcto, uno no debe de quedarse hasta altas horas del día dormido en cama, al menos eso me dijo la abuela en aquella oportunidad cuando me dio aquel memorable discurso acerca de lo bueno, lo malo, y lo no bien visto por la sociedad . Y el quedarse dormido hasta altas horas en cama, definitivamente no era algo bien visto socialmente. Mi madre no dice nada al respecto, se va a trabajar y me deja dormido, tal vez porque en parte se siente un tanto culpable de haber engendrado a un hijo adepto al sufrimiento, como lo es en mi caso. Tan sólo deja nota sobre la mesa de mi casa vacía; una frase que no se si está llena de amor, de pena, de remordimiento o de culpa; pero casi siempre dice lo mismo.
“Te Amo hijo, la comida esta en el horno caliéntala sólo por 1 minuto.” Tu mamá
Lo primero que hago al incorporarme es leerla nota para ver si algo ha cambiado, pero casi nunca cambia, y las veces que lo hace las variaciones no son significativas, siempre la comida, recomendaciones sobre esta, y una declaración amatoria de madre que como dije no me es del todo clara y que personalmente identifico como una forma de pedirse disculpas así misma por haberme traído al mundo.
Salgo a la ventana y el viejo Volkswagen sigue estacionado afuera, rememorando los hechos de los cuales fue partícipe, aunque cada vez siempre viejo y carcomido por el óxido a causa de las lluvias ácidas y el orín de perros sarnosos que deambulan vigilantes de su preciado; trofeo y letrina, que cada vez se iba más pique.
El sol brilla en lo alto, y detesto el día. Siempre he detestado los días soleados, es por eso que duermo hasta que este se va, pienso. Y no pienso en nada más. No tengo en nada que pensar salvo en que me jode la barba que me ha crecido sobremanera últimamente, mientras atribuyo el hecho a las largas horas tendido en cama entre unas sábanas que no reemplazo por considerarlas parte de mi persona, y porque creo que sería una canallada arrojar algo que es parte de mí a ese monstruo que da vueltas y estruja las cosas.
Voy a la ducha, pero no me baño; sé que no hare nada más en lo que resta del día. Con suerte, - pienso - hablaré con alguien que se acuerde de mí al teléfono; y me excusaré de todas las formas posibles ante la eventualidad de alguna cita ocasional con mi ex novia, o alguna de las otras chicas con las que alguna vez estuve, pero a las que realmente nunca quise, con las que sin embargo a pesar de esto, y en algún momento, he vivido momentos de mayor pasión y desenfreno que con la mujer que amé y llegué a amar con todo el ser y por la resulté herido más de una vez por causa de aquel loco drogadicto que le jodió la vida al decirle que la amaba, y que de paso me la jodió a mí de dos balazos en la pierna izquierda que me dejaron rengueando de por vida, pero al que luego mate accidentalmente envistiendo con ese Volkswagen naranja descolorido que desde esa fecha quedo perpetuamente estacionado en la puerta de mi casa recordándome mi hazaña accidentada que bien habría efectuado conscientemente y en el pleno ejercicio de mis facultades mentales.
Me cepillo los dientes, y lanzo un escupitajo que me da nauseas, pero que a la vez me hace sentir vivo, y reparo en los severos problemas nasales que me aquejan, problemas que sin embargo no corregiré, en parte por el desgano que actualmente gobierna mi vida, aunque en también en buena medida debido al crítico estado financiero que padezco, y que es en grado superlativo mucho mayor a los problemas y complicaciones nasales que pudieran aquejarme más adelante. Es este crítico estado financiero, una dolencia que me aqueja desde aquella noche lúgubre que pase en vela, donde sin querer di muerte a aquel loco drogadicto, que me jodió la vida, y al que, por así decirlo; yo se la arreglé, pues salió más que beneficiado estando muerto. Su familia recibió una fuerte suma de dinero por parte de la aseguradora a la que accidentalmente se había afiliado el occiso, hará 3 meses antes de su fallecimiento, y que en conjunto con la suma que tuve que indemnizar a regañadientes, según lo dictaminado por aquel juez mofletudo y corrupto, para no tener que ir a la cárcel, hacían un monto considerablemente atrayente, lo suficiente como para haber considerado yo mismo la posibilidad de morir con el fin de dejar una fuerte suma a mis legatarios, pero claro, yo nunca hubiera considerado, ni consentido la posibilidad de morir a manos de aquel loco drogadicto. Eso lo tenía claro, es algo que no habría hecho, ni por todo el oro del mundo.
Estoy seguro que sólo entonces, cuando él se murió, que su familia en pleno le agradeció el hecho de haber tenido para con ellos; el buen gesto de morirse. Le agradecieron, porque no tendrían nunca más que preocuparse porque les robase algo de la casa para venderlo en los antros, donde solía cambiar las pertenencias robadas a su familia e hijos por droga.
Lo mejor de todo es que su hijo el pequeño Jhon de 6 años, se libraría para siempre de la imagen, de aquel hombre enfermizo que era su padre y que todas las noches, desde que adquirió uso de razón, vio llegar envuelto en medio de desenfreno; tomar algo apresuradamente, e irse casi al instante con una bolsa negra o de colores bajo el brazo, para regresar horas más tarde con los ojos desorbitados e inflamados, como teñidos de sangre, el rostro polvoriento, salpicado de un sudor seco convertido en barro y casi siempre embarrado de una dosis aleatoria de excremento humano en alguna de las suelas del calzado, que quedaban impregnadas en el suelo a modo de huellas de olor fétido difícil de borrar. Al pequeño Jhon, le aterraban las noches por esta causa, sabía que en las noches su padre se aparecía frenético, y de repente se marchaba, sin más ni más, para reaparecer luego; salivando en exceso y balbuceando palabras incomprensibles, tirando objetos, golpeando a cualquiera que se le cruce, meándose por cualquier sitio, inclusive sobre aquellas personas que intentaban apaciguar a aquel demonio enfermizo que él se convertía en cuanto traía algo de droga encima. El pequeño Jhon, pequeño como era, tan solo atinaba a llorar escondido en alguna esquina de su cuarto temiendo que alguien abra o derribe la puerta de repente y le emprenda a golpes, o se ponga a mear encima de él. En cierto modo, me brindaba cierta tranquilidad el saber que accidentadamente, había librado al pequeño de Jhon de la clase de padre que se encargo de ponerle el destino, y sabía, que él algún día, me agradecería el hecho de haberlo dejado huerfano de padre a tan temprana edad.
Me miro al espejo, ausculto mis cavidades nasales, y veo como cada vez se tornan más estrechas, y sé que lo que es peor aún, con respecto a los problemas nasales que me aquejan; que tarde o temprano perderé por completo el olfato e inclusive algún día de estos dejaré de respirar. Cosa que en parte estaría bien, porque en primer lugar me libraría de aquellos olores tóxicos que emano luego de 4 días sin baño, y me pondría en cierta ventaja con respecto al común de gente, pues yo si habría de saber cuando sería el día en que dejase de respirar, cosa de la que muchos en este mundo no pueden jactarse, a menos que se trate de algún loco despechado suicida que con ánimo testamentario confiera en una carta póstuma su última voluntad, citando: fecha, lugar, hora y circunstancias de los sucesos de su muerte.
Diego A.

miércoles, febrero 03, 2010

El adios de Macaew

Tengo los ojos rojos, ¡No lo ves! – Macaew, le ha respondido a Zadith lleno de furia, mientras frota compulsivamente sus ojos intentando fingir un picor intenso, que tiene por verdadero fin el disimular las pesadas lágrimas que empiezan a caer por su mejilla. De repente ha empezado a correr con todas sus fuerzas, y corre fuerte, tanto así que la arena le pega en rostro con la fuerza de un azote en la espalda, pero sigue de frente, con la arena adherida a la cara y al cuerpo mientras surca caminos que no conoce, caminos que dan miedo, y se pierde entre las calles laberínticas de aquella ciudad tan polvorienta y desolada que era la suya.
La ciudad no tiene nombre, sólo laberintos y gente, de la cuales, a muchas de ellas tan sólo les importa su propio nombre, y arremeten en indiferencia en contra del forastero o citadino de nombre ajeno.

Zadith se ha quedado de pie viendo partir a un hombre desecho, que no es más que la sombra de su ayer, ahora abandonado a un trágico destino. No soy capaz de precisar si ella le ame, tan solo se me ha permitido la gracia de conocer parte de la historia. Y en esa parte de la historia se dice que ella le pidió que se marchara.
No le quedan más fuerzas, ha corrido tanto que se le han ampollado los pies y el rostro a causa de la violencia del azote del viento y de la arena, y se ha dejado caer en medio de la nada frente a un muro de gris, con un sinnúmero de garabatos vomitados u escupidos por los habitantes de la ciudad sin nombre, que no saben más que vomitar y escupir sus despojos e infelicidades sobre otros, en este caso el elegido había sido un pobre y triste muro gris.

Zadith da unos pasos hacia atrás y se ha refugiado en lo que vendría a ser su casa, la reconoce a base de puro esfuerzo mental, por su puerta recién pintada de negro que la diferencia de las otras que lucen más pardas y moribundas que la suya, pues como dije; no hay calles, ni nombres, ni letras, ni número que las diferencien a unas de otras en esta ciudad. Allí, ella tiene lo que necesita, a pesar de que no es lo que quisiera; tiene una techo donde dormir, un lugar donde comer, alguien a quien querer, y un conjunto de peleas de nunca acabar que se suceden unas tras otras en un ciclo inagotable, e insufrible, que sin embargo ella ha aceptado voluntariamente; Zadith ha decidido seguir las creencias de los habitantes de la ciudad sin nombre; quienes dicen, por solo mencionar unas cuantas de las cosas que dicen; que Macaew es un insensato y falto de cordura que no le hará más que sufrir. Lo cierto es que conociendo el otro lado de la historia se de antemano, que no hay nada más alejado a la verdad que estas y otras falsedades que se han cernido sobre su cabeza. Pero ella ha decidido escucharlos; siguió las voces que no venían de su corazón, porque los habitantes del pueblo sin nombre; les dijeron que ellas eran sabias, y así se lo hicieron creer. Sin embargo, las voces de los del pueblo sin nombre sólo tenían en su corazón un espacio hueco y vacío que llenaban de dolor, amargura, recuerdos tristes y menciones a hechos lamentables y fácilmente repetibles según sus predicciones adquiridas de otras voces falsas más antiguas y según ellas fidedignas. Estas voces decían nunca haberse equivocado, y eran las encargadas de juzgar y destruir a todo aquel que ose equivocarse, por muy leve que fuera la falta. Porque el error no estaba permitido. Y así fue como Macaew acabo corriendo con los ojos irritados y la piel llena de llagas.

Macaew sigue tirado en el suelo, la mirada fija al cielo, como esperando la pedrada final que ha de venir después de lo que había pasado. Pero no sucede nada. Mira el cielo que no es completamente obscuro, ni claro, sino completamente indescifrable, tal y como a él le gustaba verlo, en contraposición a la gente del pueblo sin nombre, que se deleitaba con las caminatas bajo un cielo claro riéndose unos de otros, pero con el alma más podrida y turbia que el cielo negro que le gustaba apreciar a Macaew.

Ella se ha sentado en el podio, y la reprimenda ha sido la misma Zadith; llora con los ojos cansados por las mismas palabras hirientes y con las mismas lágrimas ya derramadas, pero no por eso menos ofensivas. Y se va a dormir llorando pensando en muchas cosas y tal vez tan bien un poco en su tal vez amado Macaew, del cual debe separarse por no permitírsele a ella, ni a él un segundo error. Qué bien es cierto, en ninguno de los casos llega a calificar como tal, pues como mencione todo fue producto de las voces de la gente que habitaban en el pueblo sin nombre.

Lo han levantado unas manos, Macaew se había quedado dormido viendo aquel cielo incomprensible que tanto le gustaba mientras recordaba una y otra vez lo mucho que amaba a Zadith. Las manos lo asen cada vez con más fuerza, y lo que parecía un acto de buena fe, se torna un acto violento y sin razón que lo lleva contra el muro gris. Donde es golpeado una y otra vez, pero parece no importarle; está como ido, con la cabeza vuelta hacía el recuerdo de su Zadith. Cierra fuertemente el puño derecho, pero no para arremeter contra sus agresores, sino para evitar que algo que llevaba allí se le escape de entre las manos. Mientras tanto es golpeado, los desconocidos le revisan las túnicas, que a fuerza de incomprensión habían logrado ya romper casi en su totalidad. Pero no han encontrado nada. Es entonces, que se percatan de aquel puño que traía cerrado, Macaew en su desesperación, empieza a dar lucha. Intenta zafarse como puede, pero no lo consigue, es ante la insistencia del joven Macaew por defenderse y evitar perder lo que tiene en el puño que los desconocidos, resuelven en que de verdad, este tiene algo valioso en el brazo, y por eso ahora lucha, así que intentan a fuerza hacerle abrir el brazo, pero no lo logran, Macaew está decidido a no dejar escapar por nada del mundo aquello que llevaba en la mano, aún sabiendo que tenía las de perder, estaba decidido a no perder esta última lucha, custodiaría con su vida aquello que verdaderamente consideraba importante. La impotencia ciega a los que le agreden, que deciden ponerle fin a su vida. Y así sin compasión incrustan sus armas al unísono en su pecho, y Macaew cae casi al instante mientras le borbotea algo de sangre de la boca, la que escupe contento mientras cierra sus ojos y lleva ese puño cerrado hacia el pecho. Dejando así al descubierto un retrato de Zadith, y el recuerdo del último beso que le dio poco antes de que se separaran para siempre.

Diego A.