sábado, agosto 21, 2010

Una Historia de Naranjas

Lo brillante de no hacer nada, de quedarse sin ideas; seco como una vieja naranja, es que tal vez un día, el menos pensado abres los ojos miras el cielo o simplemente el techo de tu cuarto y te das cuenta de que verdaderamente no estabas seco ni podrido; y mejor aún que no eras una naranja.
Sino que eres un hombre al que le dijeron que era más cómodo ser una naranja, y terminó por creer como muchos que habían nacido predestinado a ser una de ellas. Fue así que te empeñaste en conocer a profundidad la materia teniendo como fin ser la mejor naranja que existiese. Por eso cuando descubriste que las naranjas no se mueven por si solas; dejaste de moverte. Cuando te enteraste de que las naranjas no van a la escuela, dejaste de lado los libros porque no era necesario aprender; total en tu vida de naranja de nada te servía el haber leído algún libro, es más las naranjas no saben leer, pero tú ya sabías y no lo notaste, y seguiste empañado en cumplir tu destino de naranja. Te sentías redondo y naranja, completo y naranja por lo que dejaste de lado la búsqueda de tu verdadera media naranja. Total eras única, redonda, completa y naranja, y no necesitabas de medias partes pues tú por ti misma eras omnipotente en tu mundo habitado de naranjas disfuncionales.
Pero un día te pudriste tal y como todas las naranjas lo hacen en algún momento, ya no te sentías tan naranja como antes. Pero tampoco era tan malo, seguías teniendo tu mundo aunque ya no tan naranja como antes. Con el paso del tiempo deseaste ser hombre, al ver como tu vida se esfumaba, y como tu ciclo llegaba a su fin. Sabías que no había más remedio, que el morirse seco y podrido. Fue entonces cuando ante lo fatal de tu destino de naranja despertaste asustado y descolorido; viste lo que había a tu alrededor, y te alegraste de que no fuera naranja como siempre habías querido.

Diego A.

jueves, agosto 05, 2010

Fragmento I (Novela)

La música electrónica retumbaba con fiereza en sus oídos, y lo hacía desorientarse de vez en cuando, cada vez más pero esto, parecía no importarle, por el contrario se sentía más que bien, feliz, contento y extasiado. Daban las 3:30 am y a estas alturas de la madrugada, tenía la cara sumida en un profundo hormigueo, los ojos disparados y no coordinaba bien los movimientos, sabía que estaba bien borracho. Las copas de whisky, champaña y pisco habían anulado por completo su razón, su cordura y sobretodo su discreción, ahora se sentía flotando sobre las nubes, ávido de ser notado por todos los concurrentes al espectáculo de aquella noche.
Santiago Méndez, estaba borracho y sentía que “El Medieval” era parte de su ser, o más bien al revés, que él era parte de ese ser cabaretero macizo de cemento y fórmico llamado “El Medieval”.

                                                                         ***
Cuando despertó todavía estaba borracho y con una fuerte resaca que le remecía la cabeza y el cuerpo entero, se encontraba recostado en su cama, con la ropa del día anterior aún puesta, y a su lado estaba Mery-Ann, su esposa, que parecía estar sumida en un profundo sueño a pesar de que ya era de día y el sol le tostaba los pies al colarse por entre las ventanas de la habitación. Se levantó suavemente intentando no despertarla, pues lo más probable era que se hubiera quedado en vela toda la noche esperando a que él llegara o que al menos le contestase el celular que apagó en cuanto hubo llegado a “El Medieval” para evitar ser interrumpido.
Mery-Ann tenía puesto un babydoll muy discreto, en color rosa de tela liza, que le marcaban sutilmente las curvas de mujer joven y guapa...

Fragmento inédito extraído de la Novela "Érase una vez un hombre"
Diego A.

miércoles, julio 21, 2010

La casa de las muñecas

Las cortinas habían sido corridas, no sé si a propósito o de un modo involuntario; tras ellas pudo apreciar a las muñecas dispuestas cada una sobre una silla, formando una especie de medialuna que apuntaba a un televisor apagado sobre el cual se disponían flameantes y sin especificidad alguna 2 o 3 velas blancas comunes. Al parecer no había nadie más en esa casa donde caprichosamente un grupo de muñecas se había sentado a contemplar el consumir de la flama de unas velas que sin motivo aparente yacían sobre un televisor apagado.

– Una casa de muñecas – se dijo a si mismo. La sola reflexión de lo que acaban de ver sus ojos le causó estupor y espanto. No se trataba de una de esas películas que tanto le gustaba ver. Era la vida real, y era la primera vez que la veía tétrica, poblada de mentes desquiciadas y asesinos seriales que contemplan a lo lejos a un grupo de muñecas sentadas sobre unas sillas con solo Dios sabe que malsanas intenciones. Se preguntó acerca de la identidad del extraño y desquiciado ser que recreó esa noche aquel ambiente lúgubre y fatalista donde los elementos engranaban entre sí; la noche negra y fría, las muñecas, las sillas y las velas que se consumen en un modo análogo a como se extinguen las ilusiones o peor aún la vida misma. No pudo más con todo eso, era demasiado para él, quería dejar de pensar, pero sobretodo quería dejar de ver. Le gustaba ver escenas como estas en las películas, pero en definitiva le aterraba la posibilidad de verlas en la vida real y sin la protección de lo ficticio e imaginario; así que corrió tan rápido como le fue posible. Si había algún demente o desquiciado en esa casa no quería de ninguna manera toparse con él o que él le viese, se sabía incapaz de resistir, así que corrió tan rápido y lo más lejos que pudo.

De pronto las luces se encendieron opacando la imprecisa luminosidad que brindaban las velas. Seguido un hombre treintañero con una temerosa y pequeña niña hicieron su entrada.
– Vez como ya todo está bien, ahora puedes continuar amor – le dijo el hombre treintañero a la pequeña niña que traía de la mano. Encendió las demás luces que faltaban, apagó las velas, limpió la cera derramada sobre el televisor y arrojó un par de fusibles viejos y quemados hacia la calle, para luego sentarse en el otro extremo de la sala contemplando como su pequeña hija de 4 años daba una conferencia magistral a un distinguido panel de muñecas dispuesto en media luna, que se habían reunido esa noche para escuchar la entrecortada exposición de una experta que les diría cómo verse siempre bonitas.

Diego A.

viernes, julio 02, 2010

Recuento de lo Vivido

Hoy quiero recordar que escribo, mientras oigo una melodía que escuchaba cuando niño, y se me vienen a la mente uno que otro recuerdo triste que me embargaba al oírla. Esta vez se trata de una versión a piano cargada de más melancolía que lo habitual. Los recuerdos siguen viniendo, sin embargo, me siento feliz; feliz de estar algo triste, y a la vez muy contento por nada en especial.

Pienso en la gente que me rodea; en la gente que ahora no veo y me conoce de hace mucho o algún poco tiempo atrás;

En mi mejor amigo de infancia al que a pesar de la distancia sigo queriendo y estimando tal y como lo hacía en la época de colegio; donde juntos nos dedicábamos a espiar secretamente y con el afán de que tal vez, en algún momento se fijara en nosotros la chica de quinto que nos gustaba, mejor dicho; que nos encantaba, y que tal vez nunca llegó a percatarse de nuestra existencia, a pesar que la seguimos fervientemente durante todos los recreos de ese último año en el que ella estudio en el mismo colegio que nosotros.

En la primera chica que besé, y la que hace algún tiempo no más de 1 año estoy seguro, trajo al mundo al que sería su primogénito. Ella se casó en una boda a la que no llegue asistir, a pesar de que en algún momento, creo, le prometí que lo haría. Aunque precisando un poco no estoy completamente seguro de haberle hecho una promesa de ese tipo, tal vez me lo inventé yo mismo en uno de esos múltiples desvaríos que de cuando en vez me azotan, el caso es que no estuve presente, quiero que pensar que debido a una problemática al momento de la repartición de los partes, tal vez no lograron ubicar la dirección de mi casa, o no encontraron a nadie en cuanto fueron a verme; resumiendo un poco, no llegue a ir a esa boda, a pesar de que sentía era mi deber, el estar allí presente en la boda de la chica que me beso o que yo bese por primera vez, y que me introdujo sin mucho éxito al problemático mundo de las relaciones humanas.

En la chica dos años menor que yo, que fue y tal vez siga siendo ahora ya en una minúscula parte mi amor platónico, y que me prometió algún día casarse conmigo, o al menos intentar establecer algún tipo de relación seria; recuerdo que rechacé esta oferta en múltiples oportunidades algunos meses después por no considerar propicio el momento, ni las circunstancias. Desde entonces cada vez que nos vemos, que es cada  6 u 8 meses, que es el periodo tácito y reglamentario que tiene que pasar entre uno y otro encuentro; ambos bromeamos del tema, a sabiendas que yo nunca me casaré con ella y que también ella nunca se casará conmigo, ni tendremos algún tipo de relación seria más allá de la fuerte amistad que nos une.

En la chica que veo tras el mostrador; a la que conozco muy bien, pero que tal vez ya me ha olvidado o no me recuerda . Por eso me limito a verla a lo lejos cuando paso de vez en cuando frente aquella tienda donde a veces la veo sin que ella lo note o donde a veces la veo sin darme cuenta, y no espero el tal vez concertar con ella algún día una cita secreta, que sé nunca se dará, porque simplemente no quiero llevar las cosas más allá de aquel mostrador donde a veces consciente o inconscientemente la termino viendo.

En mi mejor amiga con la que mantuve una relación medianamente larga y se convirtió sin quererlo en mi novia a la que llegue a querer más allá de lo que pudiera haber imaginado. Relación que sin embargo debido a complejidades no definidas y a problemáticas sentimentales que ya no recuerdo, y en pro de bienestares ajenos debí de concluir con más pena que satisfacción, pero a la vez con una cuota exagerada de un no sé qué, que me decía estaba haciendo lo correcto, que eso era lo mejor.

En la chica que fue mi esposa sin antes ser mi amiga ni siquiera mi novia, a la que estuve dispuesto a apoyar incondicionalmente, y de la cual sin embargo me despedí una noche abruptamente con un beso en la frente y la promesa secreta y callada de nunca más volverla a ver. Era de noche recuerdo, el día exacto, acabé por olvidarlo, corría el mes de agosto, pero es desde esa noche que no he sabido más de ella. Confieso que últimamente me gustaría quebrar la promesa de aquella noche e ir verla, darle un beso en la mejilla y comprobar que por fin, y después de mucho tiempo se encuentra bien.

En la chica que decidió en algún momento ser completamente sincera conmigo, y con la que yo decidí en ese entonces ser completamente sincero; a la que sin embargo terminé defraudando pues tal vez con ella fui todo lo ruin e inconsciente que pude haber sido, es por ello que acabé escribiéndole un artículo excusándome por las mezquindades de mis afectos volátiles en esos momentos.

En la chica con la que alguna vez ideé un mundo nuevo y de la que hoy sólo guardo el grato recuerdo de lo bonito que fue mientras ella quiso que durara. En algún momento pensé el escribirle una novela, cuando aún me encontraba enamorado de ella; comencé a escribirla, pero la acabé por desechar luego, no por considerarla demasiado íntima, sino demasiado intrascendente. Por lo que luego de haber escrito casi más de 30 hojas me di cuenta que a nadie le interesaba un recuento de los planes, ni un explicación del porque terminaron las cosas, es así que decidí guardarla como un recuerdo de olvido, que llevaba por nombre el mismo que la virgen tomó, cuando fue vista aparecida en una región de España.

En la chica que tal vez no conozco, o que tal vez ya conocí, a la que amo profundamente, a pesar de mi plena inconsciencia de este hecho o mi renuencia a aceptarlo por completo. Pienso en ella, la que con una sonrisa me desbarata por completo, la que se muestra tímida y dulce en cuanto le digo que la quiero, la que aparta su mano de la mía o me rehúye la mirada por considerarlo impropio de simples amigos, y a la que me quedo viendo con cara de bobo contento mientras deseo por fin besarla y que me diga que también me quiere tanto como yo la quiero.

En los que son mis padres y me conocen o desconocen a plenitud o en parte, a los que amo profundamente y a los que aspiro verles por siempre  una sonrisa en los rostros, liberados de toda perturbación, viviendo la vida plena y sintiendose orgullosos de haber podido criar a 3 hijos sólos, hijos que tal vez no sean los mejores, pero que se esfuerzan día a día por llegar a serlo.
 
En el resto de la gente, los que me conocen hace mucho o poco tiempo; en mis nuevos mejores amigos, uno el de la sonrisa eterna y el buen ánimo e incluso cierto grado de inconsciencia ante los problemas. El otro, el que se pone terco y necio cuando se le pasan de copas, pero que a pesar de todo sigue preocupándose por todos los que considera sus amigos.

En la gente que trabajó conmigo y que alguna vez me llamó la atención con justa o injusta razón. En la gente, a la que en algún momento yo llamé la atención y me tildó de injusto porque creyeron que actuaba contrario a lo que ellos creían razonable en uno u otro tema que ahora no recuerdo, o que prefiero no recordar debió a la intrascendencia que ahora estos encierran.

En mis enemigos, los que ha la fecha se han multiplicado silenciosamente y por docenas; de los cuales yo soy el más peligroso y al que más temor le he tenido hasta ahora en mi corta vida, y al que tal vez más miedo le he de tener por siempre.

En el chico al que le debo un golpe en el rostro; cometido que guardo con paciencia hasta el momento preciso en el que lo tenga enfrente, y me cobre no una venganza aplazada, sino una indemnización, que tal vez nunca llegue a darse, pero que anhelo fervorosamente suceda algún día de modo que se compensen los daños causados, no a mi persona precisamente.

Diego A.

viernes, junio 25, 2010

Déjame Quererte

Déjame darte un beso en la boca y decirte que te amo.
Déjame que necesito abrazarte fuerte, fuerte, muy fuerte y apoya tu rostro en mi pecho, que necesito sentirte mía y que te protejo.
Déjame cuidar tu sueño aunque no esté a tu lado y yo también duerma.
Déjame que necesito soñar, que soñamos juntos el mismo sueño, y si no puedes, al menos déjame seguir soñando solo; pero soñando contigo.
Déjame que emita una oración en tu nombre pensando en ti cada día; y aunque no sepas que lo hago o no me lo creas en cuanto te digo; déjame, déjame que quiero seguir haciéndolo.
Déjame pensar que sabes que esto que escribo es tuyo, tuyo y solo tuyo.
Y déjame si puedes algún día; un beso al amanecer, de noche o al medio día, y que lo lleve el viento para que algún día me encuentre en un mundo disperso.
Pero sobre todo déjame creer, que aunque verdaderamente este nunca llegue; algún día me ha de encontrar.

Diego A.

martes, junio 22, 2010

Mi primer artículo 3 años después

Año 2007, miércoles 10 de enero, hora no precisada.
Me he dado cuenta que me gusta escribir, que quiero ser escritor, pero hay un problema; no sé nada al respecto. Y sobre todo no sé escribir bien.
Busco algo sobre el tema en internet y en algunos libros, pero no encuentro nada que me diga cómo hacerlo. Tiempo después he venido a comprender por qué nadie le enseña a uno cómo escribir o convertirse en escritor. Pero de eso no hablaré esta vez pues estaría violando una especie de código tácito existente desde hace ya bastante, entre los muchos que nos hacemos llamar escritores.
Para ese entonces tengo 19 años y he tomado una decisión no muy común, voy a ser escritor aunque nadie me diga cómo hacerlo y tal vez en el fondo, sea uno de los prospectos menos promisorios del mundo de las letras.
Y así decido crear un Blog para que alguien lea lo que escribo. Espero que el mundo entero, aunque eso del mundo entero termina quedándome un poco grande porque al final mis no tan asiduos lectores son unos pocos que por lo general son amigos míos, amigos que en cierta forma se encuentran un tanto obligados por vínculos sentimentales o de otra índole hacia mi persona.
“Sobre un nombre desconocido” titulaba mi primer artículo publicado, en la fecha antes mencionada, y en ese entonces como ahora no sabía que escribía. Tan sólo sabía que quería escribir.

Sobre un nombre desconocido

Ayer me puse escribirlo en medio de conjunciones inequívocas que no hacían más que delatar la resonancia de su ser en mi pecho.
Allí estaba ella, integra en sus sentidos, callada, sutil, dulce e imaginaria, como dibujada en mi mente por una ráfaga de viento.
Su nombre un misterio incierto e infinito, o tal vez un enigma develado hacía miles de soles y lunas.
Tal vez esto era lo que la hacía tan especial; su nombre, o quizá sea que este hecho no influía en lo más mínimo en aquello que la hacía tan diferente de las demás personas. Porque un nombre, no es más que eso, tan sólo un nombre; un conjunto de trazos delimitados y compartidos muchas veces por infinidad de seres.
Y para mí, ella era mucho más que eso y no podía delimitársele a ningún campo de lo comprensible o inimaginable. Ella a fin de cuentas era totalmente distinta a las demás personas que hubiera conocido y eso me gustaba, pero a la vez me daba miedo, porque en el fondo sabía; que tal vez se parecía demasiado a mí.

Diego A.

domingo, mayo 30, 2010

MÉNDEZ, el profesor de arte

Méndez era el profesor de arte. Tenía cinco años o quizá más, enseñando en aulas. Sus colegas no hablaban de él, no porque no haya destacado entre los profesores ni mucho menos porque haya sido un mal docente, sino que su presencia era totalmente desapercibida.
Hablar de Méndez y describirlo sí que fue un trabajo arduo ya que domicilio fijo no tenía, familia inubicable y amigos quién sabe. Hubo tan sólo un alumno cuya información fue valiosa para escribir sobre éste olvidado maestro.
Físicamente no fue un hombre apuesto, es por eso que no despertaba algún interés en las mujeres. Fue de complexión enjuta, nariz aguileña y con una joroba inmensa, que espantaba a cualquier señorita dispuesta a saludarlo.
Estudió Arte; no por el placer de descubrir lo maravilloso de la pintura, la música o escultura, sino por imposición, no sé si de sus padres o de su tutor. Era un hombre de una suerte desdichada. El día del maestro nadie lo saludó y encima le hicieron una pésima broma sus alumnos.
Cuando entró en aulas por primera vez su voz era tan magra que ni un tísico hubiera sido capaz de escucharlo. No hablaba bien, entrecruzaba las palabras y cuando pretendía escribir en la pizarra lo hacía con errores ortográficos, eso despertaba en los alumnos risotadas que llegaban hasta oídos del Director, pero éste tan o más mediocre que él, dejaba sin resolución esas quejas.
El día que había exámenes tan poca autoridad demostró tener, que sus alumnos solían salir de su clase e iban a la siguiente aula a sacar la copia de algún amigo y regresaban a seguir resolviendo. Pobre hombre. Fue un profesor mediocre, sí, como esos que abundan por la sociedad… los alumnos lo negaban y eso se percibió a la salida del colegio, cuando se escuchó decir a alguien y a ti quién te enseña Educa. Física.
– Ah a mí me enseña Benítez.
Ah que buen profesor, a mi me enseñó el año pasado.
Y el de Literatura… a qué lástima a mi ya no me enseña.
- Alguien preguntó y del de Arte… el silenció enlutó la conversación.
-No sé, dijo uno. Es un idiota. No recuerdo su nombre, ni tampoco quiero memorizarlo….
Nunca se escuchó palabra encomiable hacía él, ni en las actuaciones ni en reunión de profesores. Tan mal docente fue, que no dejó huella alguna en sus alumnos a no ser su mano pesada que una vez sentí no bien se dio cuenta que le había puesto plastilina en el pantalón. Creo que después de mí, nadie sintió su llegada ni mucho menos su partida.

El Centinela.

jueves, mayo 20, 2010

Perdón por lo Mezquino

Soy un hombre libre - pienso -  mientras me toco la cabeza con ambas manos y aspiro fuertemente todo el aire que puedo, miro al cielo, pero sólo logro ver el techo de mi cuarto que siendo blanco, me recuerda paradójicamente unos capítulos un tanto obscuros y aciagos de la que fuese mi antigua vida, que en resumen no fue enteramente mala, pero que si debía de cambiar con cierto grado de desesperación.

Recuerdos, claro que los tengo, la mayoría de ellos gratos y un tanto satisfactorios, pero también están presentes aquellos otros un tanto obscuros, sombríos y dolorosos, cargados en cierto modo de un viscoso pesar. Ambos a fin de cuentas, componen gran parte de lo que soy ahora; un hombre que pretende ser bueno. Pero que a fin de cuentas es tan sólo un hombre.

En resumen he sufrido y he hecho sufrir tal vez en cierto modo involuntario a mucha gente. Sé que no lo merecían, es por eso que hoy pretendo confesarme ante ellos expiando mi culpa por los pecados cometidos alevosamente en su contra.

Es en este punto de mi vida que comprendo que nadie merece sufrir, ni siquiera aquellos a los que comúnmente se les llama malos o impíos. A fin de cuentas cada quién acaba recibiendo la contraparte a su actuar, y no sé si esto venga de modo natural o divino, pues prefiero no complicarme la vida en divagaciones teologales u otras disertaciones relativas en asuntos de la fe, castigos morales o contrapartes divinas. Por ello he acabado de aceptar por completo este hecho como una verdad absoluta que gobierne mis actos. Pero antes necesito curarme por completo de una enfermedad llamada ingratitud y felonía. Para ello debo pedir perdón en cierto modo, y si es posible a todas aquellas personas que en algún momento dañe o hice sufrir consciente o inconscientemente.

Es por eso que hoy quiero hablarte a ti; tú sabes que estas líneas que escribo son tuyas, sabes que este pedido de perdón va para ti. Por eso que no diré nombres, hechos, posibles lugares ni ningún otro referente significativo que pudieran llevar a quien leyese estas líneas hacia ti. Tan sólo te diré que quiero pedirte perdón de la forma más sincera y encarecida, a pesar de que sea algo tarde y en cierto modo tal vez innecesario, pues tal vez ya haya sido perdonado por la magnanimidad de tu ser. Pero igual te pido me perdones una vez más y me ayudes de este modo a acabar con todo aquello que me ata a aquel pasado que pretendo dejar atrás. Hoy te pido que aquí acabes públicamente con este hombre que fuese algún día un ser alevoso, de afectos mezquinos, lleno de frases hechas llenas de mentiras, pero de palabras bonita para salir del apuro. Acaba con él; con sus sentimientos escondidos, con su egoísmo, hipocresía y falsedad, con su temor a amar, con la cobardía que lo hacía huir, con las promesas rotas y con la completa sinceridad que prometió una vez pero que nunca llego a cumplir.

Diego A.

domingo, mayo 16, 2010

Era la Sensación Perfecta

No me gusta mucho leer, pero admito que soy fanática de aquellos libros con temas de amor, de esos temas que te dejan suspirando. Por eso hoy recordé aquel párrafo que leí a la orilla del mar, en un viaje que fue de olvido y del que hoy casi ya no me acuerdo.

“El amor es siempre nuevo. No importa que amemos una, dos, diez veces en la vida: siempre estamos ante una situación que no conocemos. El amor puede llevarnos al infierno o al paraíso, pero siempre nos lleva a algún lado. Es necesario aceptarlo, pues es el alimento de nuestra existencia. Es necesario buscar el amor donde esté, aunque eso signifique horas, días, semana de decepción y tristeza. Porque en el momento en que salimos en busca del amor, el amor también sale a nuestro encuentro. Y nos salva”

Y por esa razón no quiero escribir frases devastadas y adjetivos grises, quiero hablar el lenguaje de aquellas “mapolozas” que solo tu entenderías, con frases que no se marchitan, que no se olvidan, que invita a la espera y no oculta un te quiero extraño. Quiero con esta “memoria de elefante” construir una historia que tratara de como, cuando y donde te enamoraste de mi. Pues no pretendo ignorar mis recuerdos, ya que al final estoy hecha de ellos; tengo buenos y malos; pero los tengo porque los viví y sé que no eres perfecto, pero encontré la perfección a mi modo, en ti mi hombre imperfecto porque eso es querer, y aunque hoy olvidaste miles de motivos (Vale y Gastón); yo nunca olvidare que un día fui tu complemento y tu el mío.

Y sé que ahora podrás escuchar otros mil y un “Te Quiero” con o sin razón, palabras quizás ajenas a ti, y nunca sabré el porqué. Al igual que nunca sabré lo que otras personas sienten, sólo sé lo que yo sentí y cuando te dije aquel primer “Te Quiero” que para mí no era tan sólo una frase vacía producto de la soledad o melancolía, no era un intento de un engaño, no era hipocresía, no era egoísmo, ni el absurdo deseo de hacerte daño. Simplemente eran mis latidos transformados en palabras. Palabras que hoy quisiera que al ser emitidas hagan eco en la luna y te encuentren en donde quiera que ahora estés.

Vivi L. / Diego A.

sábado, mayo 15, 2010

Se habría llamado MACARENA.

De haber nacido Macarena, en este momento tendría 18 años, sería una muchacha alta, de piel blanca como la nieve, de sonrisa de ensueño, figura envidiable y de ojos color café intenso tan iguales a como los tenía su madre.

A Macarena le habría encantado el ir de compras o el tan solo caminar yendo de una tienda a otra en compañía de alguna amiga. Habría amado en demasía a su madre, Meriam, y habría hecho lo mismo con Erick, su padre, en especial porque este era un gordo buena gente consentidor que le hubiera dado todo lo que desease. Estoy convencido de que ella habría amado la simplicidad  de Erick, su padre, que vivía la mayor parte del tiempo en lo que él habría de llamar su oficina, pero que no sería más que un rústica casa de campo con vista a unas cuantas montañas enanas partidas a la mitad por un río, llamado río seco porque la mayor parte del tiempo permanecería sin agua. Macarena, lo habría amado por lo que era, un hombre gordo, feliz y simple, que la mayoría de veces escribía acerca de cosas complejas que ni el mismo entendía. Y de una u otro manera, ella anhelaría ser como él en todo excepto en la gordura.

Macarena, tendría un hermano 2 años mayor que ella, llamado Pedro, un amante de la cocina neto como no se ha visto en largo tiempo, que a la corta edad de 20 años ya sería todo un experto chef reconocido, maestro en manjares y exquisiteces, en contraposición al deseo y sagrada voluntad de su madre Meriam, quien siempre quiso para él, el futuro de un Médico Cirujano Plástico, que bastante falta le haría en este momento, en el que la edad le comenzó a pasar una factura para nada barata.

Pedro amaría y cuidaría a su hermana; haría todo lo posible para alejar a todos los pretendientes bobos y faltos de cordura, enamorados de la divina hermosura de su hermana. El, al igual que su hermana, habría de amar mucho a sus padres, en especial a Meriam, su madre, pues sabría que ella nunca la tuvo fácil y que sufrió mucho en la vida para que él fuese lo que ahora era.

En resumen, serían una linda familia y si en algún momento habría algo que le faltase a Macarena, eso en definitiva no sería amor. Pero las cosas no siempre son como se suponen deberían de ser, Macarena, nunca vio la luz de este mundo, sería por siempre tan sólo la promesa de una vida que no pudo ser, que se quedo pegada en la cabeza del que pudo ser su padre, como la idea de una protagonista, de un libro para niños que nunca llegaría a escribir, pues prefirió dedicarse a los dramas y a las novelas crudas. Y en la, de la que pudo ser su madre como un nombre de mujer que alguna vez le hubiese gustado ponerle a una hija que nunca tuvo, pues se dedico por completo al cuidado del pequeño Pedro, quien al final si se dedicó a ser un exitoso cheff.

La vida continuó, Erick, el escritor, siguió escribiendo, se casó con otra mujer; ella era el verdadero amor de su vida, le dedicó uno que otro libro y juntos tuvieron una pequeña a la que llamaron Triana; a la que amo tanto como le hubiese sido posible amar a Macarena, la niña que nunca llegó a tener con Meriam, porque al parecer, en algún momento de la historia; ellos, se separaron.

Diego A.

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