martes, junio 19, 2012

Malo


Y entonces termino por aceptar que en el fondo soy un tipo malo, un tanto miserable, algo roñoso, ruin en cierta medida, altamente vengativo y con tendencia a ser ciertamente falso en algunas ocasiones.

Miserable

El hombre me ha extendido la mano – implorándome ayuda pidiéndome algo que comer –, le he volteado la cara y he pasado de largo como fingiendo que no le veía, supuestamente absorto en preocupaciones inexistentes o meramente banales que forman parte de un mundo fallido que invento para justificar mi falta de caridad y amor con el prójimo.
Recuerdo la última vez que compartí algo; era una mujer ya pasada de los sesenta años estaba sentada en una esquina pidiendo limosna, su rostro llevaba impresa la huella de los años y muchos soles irascibles le habían llenado la piel de surcos y manchas negras, una trenza larga hecha con una pita vieja recogía su cabello, vestía polleras, y en sus pies adobados por el lodo de los desagües averiados de las calles  aledañas, un par de llanques bastante gastados, de segunda mano remendados a cincuenta céntimos por don Marcos el zapatero de mirada perdida de las calles Arica y Próceres.
- Una limosnita, por favor para mi comidita – me dijo. Pase de largo, recuerdo, pero los principios que mi madre me inculcó en la infancia me hicieron volver atrás y pensar en ayudar en algo a esta pobre mujer avejentada por los años.

- Te parece si te traigo algo de comer – le dije. A lo que ella respondió que sí.

Fui rápido a la sanguchería de la esquina, esa la de letrero blanco con letras azules, donde atiende la gordita que no se como se llama pero que siempre me guiña el ojo, pedí un pan con pollo, con lo que acabé gastándome los cuatro soles que había ahorrado ese mismo día por la tarde cuando no almorcé en la universidad. Regrese muy rápido, casi corriendo, sintiéndome el tipo más bueno del mundo, un súper héroe de esos que me gustaban de pequeño y que ahora ya no pasan por la tv. Le estiré la mano y se lo alcance para que lo comiera. Esperaba que lo abra y se lo coma de inmediato. Se veía hambrienta había pensado mientras lo compraba. Pero nada eso sucedió; ella solo atinó a decirme – ¡Gracias! –  y seguido guardo el sándwich de pollo entre sus polleras y siguió pidiendo limosna a las demás personas que pasaban, ignorando por completo esta la que sería mi última buena acción con sus congéneres. 
No me quedó más que marcharme de allí y dejarla para que siguiese con lo suyo. Me marche rápidamente sintiendo el alma rota, el corazón endurecido y la promesa de nunca, pero nunca más intentar hacer una buena acción.
Diego A.

martes, agosto 30, 2011

Déjà vu

De pronto recuerda aquel sueño; un déjà vu que lo deja perplejo y al cual no le presto la debida importancia.  Sobre el cual no caben más conjeturas ni cavilaciones, al menos no a estas alturas que ya nada importa; pues de todos modos su vida está por acabarse y recordar posibles déjà vu’s no le ayudarán a mantenerse con vida, al menos ahora ya no.

Reza una oración en silencio al padre, al cual por cierto nunca le oró salvo en los malos momentos, mientras acepta malamente su culpa e intenta redimirse de una vida calamitosa en un último acto de fe. Pero es tarde y tal vez el padre se encuentre ocupado escuchando algún pedido vano de algún fiel quisquilloso que lo debe haber atosigado con sus múltiples y obsesivas oraciones durante algo más de 1 año.

Su vida ha sido una novela, o más bien un cuento corto entramado de unas 12 o 15 páginas a lo mucho, escrito por algún fatalista o algún orate que no hilvana bien las ideas y que ahora lo deja con un desenlace más que obvio. Recuerda a Borges, es extraño que lo recuerde, pero lo hace. Recuerda aquel cuento del cual perdió el nombre, donde un hombre se da al trabajo de escribir por completo una novela en el preciso momento de su muerte cuando Dios le concede la gracia de detener el tiempo para que cumpla así su último deseo antes de ser fusilado y con una bala a 3 milímetros de perforarle el cráneo, durante 30 años que en realidad son tan solo 0,3 micras de segundo; crea, revisa y corrige una novela profusa y prolija escrita íntegramente en su mente gracias a la benevolencia de un Dios más que piadoso.

De un momento a otro todo se desvanece, se le corta el pensamiento y se queda con tan sólo una pregunta que lo define por completo y a la que nunca podrá otorgarle una respuesta concreta. Se pregunta que ha pasado, pero nadie le responde, ni siquiera él mismo, pues fuera de la pregunta ahora ya no piensa.

Impactó en el suelo a las 3 con 19 de la tarde, un periódico local ubicado a 2 cuadras capto la exclusiva del hecho. El hombre yacía ensangrentado y con el cuello roto, vestía formal; saco, corbata, zapatos lustrosos y reloj de oro. En la mano traía un cuadernillo de unas 12 o 15 páginas que fue clasificado como evidencia reservada a fin de esclarecer los hechos. Un testigo clave que pasaba por la acera de al frente y que pudo ver al hombre recién caído, declaro a los medios que vio al sujeto saltar a voluntad al vacío desde el séptimo piso del edificio.

Esa misma noche y mientras veía en el noticiero local las declaraciones de un transeúnte que aseguraba haber visto al occiso lanzarse a voluntad del último piso del edificio, ella quemo los guantes, se fumó un cigarrillo y luego se fue a dormir como si nada hubiese sucedido.

Diego A.

domingo, julio 31, 2011

Christopher

Bienvenido a casa Christopher, te estábamos esperando, hace mucho que no venías y hasta por un momento pensé que habías olvidado el camino.

Pero pasa!, siéntate!, ponte cómodo que está es tu casa. Todo está tal y como lo dejaste. Créeme cuando te digo que nunca dude acerca de tu regreso; aunque siendo sinceros y en honor a la verdad te digo que tal vez sí, en algún momento lo hice: un par de veces a lo mucho, nada sin importancia, no lo tomes en cuenta, al final ya me conoces y sabes cómo ando siempre en estas cosas que a gente se refiere.

Mefisto tomo una silla la puso en frente mío, se sentó lentamente reposando sus largos brazos sobre los brazos de la misma, y me miro con cara de padre. Con cara de padre que ve sin reproches al hijo pródigo vuelto a casa.
- Yo, yo, yop, venía a… -
Mefisto interrumpió a Christopher y detuvo la explicación sobre el motivo de su visita y su prolongada ausencia.

- No tienes que decir nada, olvidas que te conozco perfectamente. ¡Sé lo que quieres!, sé por qué has venido. Al final todos vuelven, bueno casi todos, pero sabía que tú no me defraudarías - le dijo Mefisto.

El mismo olor a azufre, la misma barba rala, las mismas botas lustrosas, el mismo saco gris, el mismo polo negro y los mismos ojos amarillentos y flameantes de siempre, hacían ver que el tiempo no pasaba por el cómo era evidente. Mefisto seguía idéntico al vago recuerdo que Christopher tenía de él desde hace más de 10 años.

- Tengo la dosis exacta hijo. Pero esta vez, ¿Qué me das a cambio?. La última vez perdiste todo lo que tenías y tu alma hace mucho que me pertenece y a menos que entregues algo a cambio tan solo puedo darte la bienvenida, acogerte por un corto tiempo y luego pedirte que te marches hasta que llegue el día. – dijo Mefisto.

- Te te te trrraigo a 2 almas jóvenes, están allá afuera esperando una orden mía, son mis discípulos. Pero te los ofrezco, no puedo más; debo volver a probar el elixir, tan solo una vez más, aunque sea la última, lo necesito de veras y rápido, que ya no logro resistirlo. – dijo Christopher.

- Hazlos pasar y luego marcharte, se que no te gustará ver lo que pasará luego. En cuando compruebe que no mientes tendrás lo que has venido a buscar y todos volveremos a ser felices.- dijo sonriendo el diablo mientras señalaba la puerta.

Christopher hizo pasar a los dos jóvenes, ambos con la misma sangre y con la misma mala fortuna de haber sido entregados al diablo mismo en persona.

Diego A.

domingo, mayo 29, 2011

DUDA

Existen un sinnúmero de caminos posibles y posibilidades inmaterializadas que de vez en cuando se atreven a tocarnos la puerta…
Hoy Duda se apareció frente a la puerta de mi habitación, pasó sin que esta esté abierta y sin que yo la haya invitado. Se escurrió por entre la comisura imperfecta del suelo y la puerta; entro como siempre lo hacía hace algún tiempo; vaga e irresoluta pero imponente a la vez, deseosa de inundarme de lo que con ella traía.
Cuando por fin la tuve en frente, mirándome, se me escarapeló el cuerpo entero y el alma se me estremeció al compás de sus ojos negros saltones y tendenciosos. No dijo nada, pues no era necesario que dijese o emita palabra alguna para que yo le entendiera, éramos viejos conocidos y ambos sabíamos lo que significaba una visita suya.

Me encontraba pasmado mirándola, atónito y desencajado, viendo su rubia cabellera resplandecer, sus rasgos finos enamorándome y su piel de seda tentándome a que la toque; cuando de repente estiró su mano hacia mí, me tomo del rostro, me besó la mejilla y me acarició suavemente por contados segundos, segundos que sin embargo a mí me parecieron una eternidad, lo suficientemente extensa como para vivir una vida entera, en la que con los ojos cerrados me dediqué a morir embriagado por su perfume.

Para cuando volví en mí mismo me encontraba parado a un lado de mi cama mirando al vacío con la puerta cerrada y el alma abierta, iluminado con una fluorescente circular antiguo pegado con cinta al techo; amándola y detestándola a la vez por lo que me había hecho, queriendo borrar ese momento en el que me dejó parado y solo inundado de ella, inundado de su duda.

Diego A.



jueves, enero 27, 2011

Una llamada

Esa mañana me despertó una llamada y horas más tarde cuanto comprendí lo que trajo consigo, me quedé con una extraña sensación, que no me dejó dormir sino hasta 2 días después, cuando exhausto me eché sobre las baldosas agrietadas de una esquina del parque que colindaba con la casa de mis padres. Dormí en el suelo, en medio de la calle, en medio de la nada y por casi más de 8 horas seguidas, sin importarme el qué dirán o las miradas que iban dejándome la gente al pasar, miradas que la mayoría de las veces estaban cargadas de una especie de pena, odio y repugnancia. Tampoco me importaron los perros callejeros que venían y se alejaban esperando el momento preciso para mearme encima; me ardían los ojos recuerdo, y algo más que se supone no debía sangrar me sangraba a borbotones. Me sangraba era el alma.

De haberme preguntado cómo creía que sería el día, supongo que hubiera dicho lo de siempre; que iba a ser un día tranquilo, que iba a hacer lo mismo que el día anterior y que terminaría tanto o más cansado que cuando desperté. Pero en mi interior sabía que esto era imposible; desperté esa mañana más temprano que de costumbre a raíz de una llamada que me dejó con muchas cosas en mente como para preocuparme o reparar en cualquier hecho insignificante.

La llamada se había producido alrededor de las 5 y 55 am. La voz que me hablo era la de una mujer joven, calculo tal vez erróneamente que tendría entre 27 y 33 años, ciertamente no entendí bien que fue lo primero que me dijo, en realidad lo que siguió casi tampoco; en resumen no entendí casi nada de lo que llegó a decirme. Tal vez lo primero que dijo fue su nombre y lo segundo el motivo de su llamada, los cuales no recuerdo debido a que casi nunca recuerdo nada de lo primero que hago, digo o escucho al despertarme. Inicialmente pensé en reclamarle, las 5 y 55 am no es una buena hora para llamar a nadie, menos para llamarme a mí que me energumenizo cuando alguien me corta el sueño de esa manera tan vil y descarada. Pensé en simplemente tirar el auricular y dejar que esa loca de mierda madrugadora hable sola, pero algo en mis entrañas me dijo que me esperase un poco, tal vez eran los frijoles de la noche anterior que aún retumbaban en mi estómago, lo único que pude entender de aquella llamada era acerca de algo referente a un sobre que esa mañana me iba a llegar.
Ni bien terminó la llamada volví a dormirme nuevamente, esta vez no sin antes sacarle la batería al teléfono para que nadie más me volviese a joder el sueño otra vez, al menos no en este día. Cuando desperté daban las 11 y 45, había un sobre sin destinatario al pie de la puerta, y una llamada que no recordaba que me hablaba de su llegada.

Cuando abrí el sobre, todo quedó claro. Al menos para mí, no era culpable de nada ni siquiera del más leve de los cargos que me imputaban. Tenía un buen historial, la conciencia limpia y al verdadero posible asesino en mis manos, pero no podía delatarlo, señalarlo o vincularlo siquiera.
Nunca ha sido mi estilo el acusar a alguien para salir bien librado; así que elegí dormirme en la acera en medio de baldosas rotas, meado por perros y circuncidado por centenares de miradas hipócritas compasivas cargadas de asco, odio y repugnancia. Pero nunca y bajo ninguna circunstancia llegaría a acusar a mi madre.


Diego A.

miércoles, enero 05, 2011

Atentamente Mariela

Me enamoré de Mariela cuando aún era un estudiante; cursaba el quinto año de media, y ella a lo mucho llegaba a tercero. Lo que me gusto de ella en ese entonces fue su cabello negro, su figura delgada, su tez clara, su cara de niña, sus ojos morenos y lo bien que se veía con ese uniforme de joven beata instruida en colegio de monjas nada contemplativas en cuestiones que a la moral refiriesen.

Pasaron 2 años o tal vez algo más para que llegase a conocerla, mientras tanto seguía yo allí; ebrio, febril e incandescente de amor puro por una chica que desconocía por completo mi existencia, y a la que nunca le había escuchado siquiera la voz. Y de la que tan solo tenía la certeza de que vivía unas puertas más allá de la mía.

Corría el año nuevo del 97, y esa noche como las venideras de aquí en adelante salí de casa promediando la 1.30 am. Al encuentro de mi inseparable compañero y gran amigo Bortolomeo, que  esa noche nos había separado la entrada a una fiesta en casa de Grace, la chica con la que venía teniendo ciertos affaires desde hacía algún tiempo atrás  pero que sin embargo le era un tanto esquiva por encontrarse en cierto modo más que enamorada de otro tipo que no era mi buen amigo Bartolomeo a quien tan solo consideraba como alguién buena gente con quien se había besado un par de veces y que era un tanto gracioso cuando de chistes se trataba. 

Recuerdo haber bebido bastante esa noche consolando a mi buen amigo en una esquina, azuzándolo a que emprenda y vaya con todo en busca de su amor no correspondido o más bien correspondido a medias o siquiera al menos de a poquitos. De lo poco que recuerdo de esa noche, pues han pasado 5 o más años a la fecha, es que ya de madrugada, con los primeros rayos de sol dándome en el rostro terminé besando a Mariela, pero no a  Mariela; mi colegiala beatífica de la que estaba enamorado,  sino a Mariela, la hermana de Grace, el amor esquivo de Bartolomeo, a quien acababa de conocer la misma noche un par de horas atrás.


De esa noche en adelante, no supe más de ella, salvo por un mensaje de texto firmado con un Atentamente Mariela, que erróneamente confundí con uno de Mariela, la chica de la cual estaba enamorado, y a la que por esas fechas en uno de esos azares del destino termine conociendo e incluso compartiendo más de una caminata y largas horas conversaciones irrelevantes que nos hacían sentir bien, y con la que tuve que disculparme al poco tiempo de haberla conocido luego de haberle hecho llegar por escrito una efusiva declaración de amor que redacte una madrugada luego de haber recibido un mensaje de texto firmado por una chica que conocí una noche y de la que actualmente no sé nada, pero que casualmente llevaba el mismo nombre que ella.

Diego A.

jueves, octubre 21, 2010

El Final de una Historia

De pronto escucha un ruido tan fuerte que le hace sentir como si los tímpanos se le reventaran; todo se torna silencio, silencio y más silencio. El estrépito último ha callado toda intención de ruido a su alrededor, ahora no oye absolutamente nada, a sus ojos se le van esfumando los colores de la vida y  son remplazados por un color oscuro que no es negro ni tampoco gris, a la par que siente como sus otros sentidos van debilitándose lentamente y poco a poco. 

Sabe que ha muerto, o al menos que si aún no lo ha hecho, está haciéndolo lentamente y a plenitud de sus facultades mentales. Sin embargo no se lamenta este hecho y en las milésimas de segundo que aún le quedan de vida, que en realidad le parecen eternas, piensa en todo aquello que a partir de ahora deja atrás; no se lamenta nada de lo que hizo, y a pesar de saber que ha fallado, se alegra de saberse muerto en su ley, tirado en alguna calle baleado por algún desconocido al que él debió de balear primero.

Sabe que esta es su despedida, y no se lamenta de que no haya nadie cerca para escucharle o recoger su cadáver en cuanto este caiga empapado de sangre sobre la acera. Se despide del mundo en silencio paradójicamente sintiéndose vivo por primera vez en mucho tiempo, meditando un adiós inefable al mundo, a la cotidianeidad, a los vivos y sus malas costumbres y sobre todo a los recuerdos nada gratos que cargaba consigo. Ahora ya nada importa; los mensajes de texto, las llamadas por celular, los encuentros furtivos en un hotel de quinta con alguna desconocida, o más bien con una poco conocida. De pronto todo se nubla, el color oscuro que no es gris se vuelve negro y alcanza a ver una hilera de luz que se cuela por en medio de sus ojos bien abiertos, sabe que es la luz del final, esa luz de la que muchas veces oyó hablar y la que nunca creyó que existiese. Lo sabe, porque se lo dijeron. Que una vez llegado allí; lo olvidaría todo, inclusive que su vida tal vez nunca llego a tener un verdadero significado.

De pronto se sobresalta, pierde por completo de vista la luz, siente que todo le da vueltas y un rictus extraño se le dibuja en el rostro, producto de un amargo sabor que le invade la boca; y que se le hace como si fuera una extraña mezcla de hiel y mierda derretida a propósito. Abre grande los ojos y se topa con la pared despintada de la habitación y esta le resulta más aterradora que la oscuridad absoluta o que aquella antigua casa hecha de cartones al borde de la cequia en medio de inyectables, drogadictos y deposiciones. Lanza un escupitajo fuerte hacia el suelo con ganas de perforarlo, con ganas de mandar a todos al mismísimo carajo pues no está en el cielo, tampoco en el infierno; se halla en la habitación de la pensión VIVO, con una resaca de los mil demonios y con deseos de meterse otro cuarto de coca por las narices. Se frota los ojos para despertarse por completo, mientras tanto por dentro se siente un desdichado por no haberse muerto como muchos esperaban. Así que tomó el arma que dejó bajo la almohada sin notar el extraño olor a pólvora en el ambiente, sin notar que esta se había detonado accidentalmente, sin notar que ya no tenía balas y sin notar que de la oreja izquierda le corría sangre.

Seguía aún ebrio y drogado cuando salió de casa con un arma descargada enfundada a la cintura, dispuesto a volarle los sesos a alguien y luego morirse.
  Diego A.

domingo, septiembre 26, 2010

El último mensaje

– Ya son más de 50 veces las que te dije que no quiero volver a saber más de ti, supéralo y olvídate de mí para siempre. – (Mensaje de texto recibido el 26/09/2010 – 12:13 am)

Lo cierto es que no eran 50 a las justas y llegaban a las 20; la estuve llamando por largo rato y no me contestó Se que dejó que el móvil sonara y que sonara a propósito para que yo me cansase de marcarle; dos horas más tarde, recibí el mensaje de texto donde por así decirlo, me conminaba a olvidarme de ella y superar por completo nuestra marchita e irreconciliable relación amorosa.

Aún con todo, después de las llamadas no contestadas, del mensaje de texto donde me pedía que la olvide, no estaba dispuesto a superarlo, ni a intentar olvidarla siquiera; así que le insistí un par de veces más al móvil, por si tal vez ahora sí me contestaba. Confieso, tenía la remota esperanza de que se le ablandase el corazón, que presione aquella tecla verde y que me dijera luego de ya bastante tiempo que ella también me quería. Pero no lo hizo, le timbre esta vez por cerca de más de 1 hora, sin resultado alguno. Así que concluí que lo mejor; era tal vez el irme a dormir y rezarle a Dios para que a la mañana siguiente ella me quisiese de nuevo. Así lo hice, me dormí con las manos bien juntas luego de haber rezado fervorosa y ponderadamente 2 padrenuestros y 10 avemarías. Pero al despertar, a la mañana siguiente todo seguía igual; ni siquiera una llamada, timbrada, mensaje de texto, voz u otro que se le parezca que me indique que las oraciones hicieron efecto, por el contrario ahora tenía apagado el móvil y de seguro que no quería volver a saber más de mí.
Diego A.

lunes, septiembre 06, 2010

De como me enamoré de Meriaan

Con profundo fervor y amor a Meriaan*.

Me enamore de Meriaan, un 29 de febrero del 84. Llevaba las polainas puestas y un pedazo de chicle atorado en la suela de uno de los borceguís que me incomodaba al momento de sopesar mis pasos. Estaba algo cansado y ansioso por volver a casa; a pesar que no hubiera nadie esperándome, me urgía desesperadamente el llegar allí y respirar de nuevo aquel aroma a hogar que no había podido encontrar en ninguna otra parte y que casi olvido en medio de los raudales de pólvora, sangre y cadáveres con los que tuve que convivir a diario.

Mamá y papá se habían marchado hacía siete años, a un mes de estallada la guerra; esa noche frente a casa vieron como era ajusticiado un soldado enemigo a manos de fuerzas estatales, la escena fue tan brutal que no lo soportaron. Fue en esa misma noche, que antes de irse a dormir ambos comprendieron que estaban demasiado viejos para estas cosas del mundo moderno y sus guerras, así que cerraron sus ojos y simplemente se durmieron juntos y en paz consigo mismos lejos de lo cruento, lo atroz y lo inhumano que trae consigo la guerra.

Josep, mi único hermano hacía mucho que había emigrado a Bucarest, a centenares de millas de donde yo me batía día a día y noche a noche por defender el honor de mi familia y de mi patria. Se había casado y ahora tenía una hermosa familia a la que pude conocer en detalle por fotos y extensas misivas donde milimetraba una considerable cantidad de sucesos relevantes en su vida diaria. Tenía dos hijas preciosas; ambas pelirrubias, achinadas, pecosas de 3 y 4 años respectivamente y una mujer bella, alta, de ojos grandes y verdes,  muy amorosa y atenta, según lo descrito en sus cartas.

Detuve el caballo en frente de casa y lo ate a un árbol cercano que no recordaba existiese antes en esa parte, di unos pasos lentos, pero antes raspé las botas contra el suelo intentando quitarme el chicle que traía pegado en las suelas, pero fue inútil, así que crucé el umbral desierto con el chicle pegado en las botas de todas maneras. Me senté en el viejo mueble verde, que aún quedaba y que me recordaba las historias de papá y de la abuela que siempre remendaba algo que no necesariamente necesitaba remendarse.

Dormí cerca de una hora allí, sentado en el mueble en medio de recuerdos. Pero fue cuando salí a la calle nuevamente esta vez por mis cosas; que la vi por primera vez, parada a un costado de la puerta de la casa de al lado. Era de estatura mediana y de contextura delgada; tenía el cabello negro algo rizado, la nariz pequeña, la sonrisa delicada y encantadora, los ojos negros, acaramelados grandes y profundos.

A pesar de lo descrito, les diré que esa tarde más que verla y enamorarme físicamente a ella, me enamoré de su alma la que vi de casualidad a través de esos ojos negros y su dulce sonrisa. Me termine enamorando de ella sin siquiera cruzar palabra alguna o saber algo de su pasado. Comprendí entonces que ella era la mujer de mi vida, la mujer por la cual pelee en una guerra tal vez absurda, pero al fin y al cabo guerra, y la principal e ignota razón por la cual volví a una casa vacía donde nadie me esperaba en un día que sucede 1 sola vez cada cuatro años.

Diego A.

sábado, agosto 21, 2010

Una Historia de Naranjas

Lo brillante de no hacer nada, de quedarse sin ideas; seco como una vieja naranja, es que tal vez un día, el menos pensado abres los ojos miras el cielo o simplemente el techo de tu cuarto y te das cuenta de que verdaderamente no estabas seco ni podrido; y mejor aún que no eras una naranja.
Sino que eres un hombre al que le dijeron que era más cómodo ser una naranja, y terminó por creer como muchos que habían nacido predestinado a ser una de ellas. Fue así que te empeñaste en conocer a profundidad la materia teniendo como fin ser la mejor naranja que existiese. Por eso cuando descubriste que las naranjas no se mueven por si solas; dejaste de moverte. Cuando te enteraste de que las naranjas no van a la escuela, dejaste de lado los libros porque no era necesario aprender; total en tu vida de naranja de nada te servía el haber leído algún libro, es más las naranjas no saben leer, pero tú ya sabías y no lo notaste, y seguiste empañado en cumplir tu destino de naranja. Te sentías redondo y naranja, completo y naranja por lo que dejaste de lado la búsqueda de tu verdadera media naranja. Total eras única, redonda, completa y naranja, y no necesitabas de medias partes pues tú por ti misma eras omnipotente en tu mundo habitado de naranjas disfuncionales.
Pero un día te pudriste tal y como todas las naranjas lo hacen en algún momento, ya no te sentías tan naranja como antes. Pero tampoco era tan malo, seguías teniendo tu mundo aunque ya no tan naranja como antes. Con el paso del tiempo deseaste ser hombre, al ver como tu vida se esfumaba, y como tu ciclo llegaba a su fin. Sabías que no había más remedio, que el morirse seco y podrido. Fue entonces cuando ante lo fatal de tu destino de naranja despertaste asustado y descolorido; viste lo que había a tu alrededor, y te alegraste de que no fuera naranja como siempre habías querido.

Diego A.

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