martes, agosto 27, 2013

Las Señales, la gente y el destino


Baje del vehículo y pensé un poco sobre que era lo siguiente que debía hacer. Seguido contemplé la escena que se dibujaba frente a mis ojos y me deje llevar. Deje que mis piernas anden por si solas y me lleven al que era mi destino fijado para aquella tarde. Cuando menos lo imagine ya lo tenía al frente, el destino se había parado en mi delante y me miraba con ojos vidriosos reflejando el sol y apuntándomelo a la cara, sin embargo a pesar de tenerlo en frente, yo no sabía. No sabía que más hacer, que más decir, donde mirar, ni mucho menos que camino elegir.

Decidí dejarme llevar nuevamente y empezar recorriendo los caminos ya recorridos, comencé a avanzar entre gente con la que ya me había topado algunas veces, pero que hoy no me recordaba y la que verdaderamente yo tampoco acababa por recordar, al menos no del todo. Sin embargo, ellos, hoy se convertían en un medio hacia la expiación de mis propias culpas; ninguno dijo nada, ni siquiera emitieron una murmullo o una sola palabra que me guíe por el camino que venía siguiendo. Simplemente enmudecieron casi por completo, pasaron de largo delante de mí, como si yo no les importase. Total cada uno tiene un rumbo particular y muy diferente y debemos aprender a convivir entre gente que no siempre termina por querernos. 

Confieso que hubieron instantes en los que me sentí perdido, agobiado, hasta nació en mí la necesidad de suplicar por una palabra de aliento o un consejo amigo, pero nada de esto sucedió, entonces, acabe también por continuar mi camino en silencio respetando de este modo, la falta de sonoridad impuesta por los entes que hoy me acompañaban. Así continué, caminando sólo entre mucha gente por largo rato, hasta que de un momento a otro me hallé de pie frente a un altar, con todos los sueños apareciendo frente a mi copa. Fue entonces que me di cuenta que las figuras blancas ya no estaban más y que yo de algún modo u otro, penitente y en silencio había sido guiado por las señales dispersas que no siempre vemos, pero que a fin de cuentas siempre nos bendicen.
Me sentí afortunado, respire profundamente y expulsé hasta la última bocanada de aire negro que contuve en los pulmones durante todo este, el que fue mi camino.

Diego A.

martes, julio 23, 2013

Un discurso preliminar

Había llegado la hora de acercarme al estrado y pronunciar el discurso que había escrito esa madrugada y que transcribí del móvil a una hoja en blanco minutos antes de ser anunciado. Era la primera vez que me paraba al frente de ese escenario sintiendo todas las miradas sobre mí. Muchos no me conocían y habían muchos a los que yo tampoco había llegado a conocer. Pero con todos, incluso con los desconocidos; tenía algo en común y esa tarde simplemente quería que lo supieran. 
No tenía miedo, pero si la voz quebrada y el corazón acelerado. Hice un breve silencio mientras acomodaba el micro, los miré fijamente a todos y comencé a decir:

“Estimados compañeros, vengo esta tarde a hablarles de un proceso y de algo que tuvo su inicio hace no mucho tiempo.
Han pasado 4 meses desde aquel momento.  Fue hace 4 meses que cambiamos por completo el rumbo de nuestras vidas; dejamos lejos a la familia, a los amigos y los antiguos trabajos a los que tuvimos que renunciar para involucrarnos plenamente en este proceso llamado “DYPO”.
Ingresar al “DYPO”, era para todos nosotros una gran oportunidad.  Era la oportunidad de poder ser parte de algo trascendente, de aprender a servir correctamente a nuestro país, de adquirir las herramientas necesarias que nos permitirían involucrarnos día a día en esa batalla contra la informalidad, la evasión y el atraso que frenan continuamente el crecimiento y desarrollo de nuestro país.
La primera vez que vi mi nombre en el cuadro de ingreso, el corazón se me disparó a mil y estoy seguro que muchos experimentamos lo mismo. Estábamos llenos de ilusión, emocionados, contentos por haber conseguido una vacante para participar en este proceso, que sabíamos de antemano no iba a hacer nada fácil. Y ciertamente no lo fue.
Dicen que las lecciones más gratificantes, aquellas que nunca olvidas, son las que más te han costado aprender, son aquellas donde eventualmente te has caído, sentiste el suelo, has llorado, pero tan bien has reído y has crecido. Y en nuestro camino hubo un poco de todo esto, muchos tuvimos tropiezos, pero no nos dejamos amedrentar, avanzamos a paso firme, con fe en Dios, en nuestro talento, en nuestra formación y en las matemáticas que nunca fallan, excepto para nuestra selección peruana en lo referente a ir a un mundial.
Y así fue que aprendimos bastante, y conocimos a gente valiosa de todos los rincones del Perú, gente de la que hoy nos separamos culminando una etapa que estoy seguro guardaremos por siempre en nuestras mentes y corazones.
De seguro en algún momento nos encontraremos y tengo la plena convicción de que para entonces al igual que ahora nos sentiremos orgullosos de habernos conocido, de haber tomado esta decisión, de haber estudiado juntos y de poder hacer ahora algo realmente provechoso por el bien de nuestra nación. 
Quiero terminar reiterando mi agradecimiento al "INDYPO" por ese voto de confianza depositado en nosotros, por habernos instruido, por habernos abierto sus puertas, por permitir que conozcamos a sus grandes profesionales y sobre todo por compartir con nosotros esa visión que con esfuerzo hará más grande a nuestro país.
Muchas Gracias.”

Así terminó el discurso, con ese último agradecimiento. Escuché las palmas de los asistentes y a mi corazón volver poco a poco a su ritmo normal. El discurso fue bueno; sé que a unos les gustó y otros simplemente pensaron: que no me conocían, que votarían por su amigo, que tartamudee un poco, que me falto seguridad, que confundí una u otra línea y que había alguien que ya lo había hecho mejor. Y no gané, de hecho nunca pretendí hacerlo, tan sólo quería alzar mi voz, dar batalla, que uno u otro me oiga y que sobretodo tú te sintieras  si era posible; algo orgullosa de mí.

Diego A.

miércoles, julio 10, 2013

De un viaje a casa

Paradero 27, faltan más de 20 cuadras aún para llegar a mi destino. Voy de regreso a casa, una casa donde nadie me espera, salvo las pulgas y los piojos que dejan los gatos callejeros que de vez en cuando merodean por mi techo. Voy en el asiento de atrás del que está reservado y pintado de rojo, no porque quiera, sino porque fue el único que quedó libre luego de media hora de trayecto.

Me hago el que duermo, -nadie te obliga a dar el asiento si duermes-, porque no me gusta cederle el asiento a las viejas que se quejan en voz alta de que hay sólo 2 asientos pintados de rojo en todo el bus, de la juventud que está mala ahora, de lo desconsiderados que son y del fuerte dolor que significa para ellas -y para su no tan avanzada edad- el permanecer de pie lo que les resta de viaje.

Entre abro los ojos y miro a Lima y su puericultorio fantasma casi en el olvido que semeja un cementerio abandonado por los vivos, pero habitado por fantasmas del ayer y árboles que se niegan a morir.
- Apéguese al fondo señorita, carro vacío - le ha dicho el cobrador a una chica que va a mitad del bus, para así poder meter más gente en esta conserva de hombres llamada custer. La joven lo mira, hace un gesto de asco mientras se va más al fondo pensando que el cobrador es un maldito, que no tiene el más mínimo derecho de hablarle así, y que ojalá se muera pronto o al menos que algo malo le pase.

En la esquina siguiente ha subido una mujer; que no es fea, ni tampoco bonita, ni tampoco tan vieja. Carga un bolso negro, una imitación barata de un Gucci que se está descascarando de abajo, saco café y bufanda de cuadros tipo escocesa. Al lado mío va un hombre; lleva un polo viejo, unos jeans desgastados por el uso, la cara sudada y la mirada perdida como si pensara en algo que fuese a cambiarle la vida. La mujer le ha pedido el asiento. El hombre sigue absorto en lo suyo, sus problemas ahora son más grandes que los de la mujer que quiere llegar sentada a casa. Así que no la escucha o finge no hacerlo. La mujer se impacienta, lo toma del polo mientras le dice - ¡Párate, dame el asiento, no ves que soy mujer! - pero él no se inmuta y sólo tiende a retirar de si la mano que ahora lo sujetaba.

- Que te has creído para tocarme ¡Cholo de mieerrda!.- le ha dicho la mujer esta vez más exaltada que antes, gritando como para que todos la escuchen, pero nadie lo hace o nadie quiere hacerlo. Entonces coge al hombre del pelo y lo baja a empujones del bus mientras lo sigue insultando por no valorar su condición de mujer, por no tener tino, ni la delicadeza para tratarla o escucharla como se debe. El hombre que ya está en la pista no sabe que pasa, tan solo que tiene a una mujer que no conoce despotricando en su contra y con todas sus fuerzas.

El hombre ha huido, quiere evitarse problemas y seguir siendo golpeado. Por su parte, la mujer ha subido al bus nuevamente y ha tomado posesión de su asiento mal ganado. Se sienta a mi lado, y yo la veo de reojo limpiarse la frente con un pañuelo sucio sintiéndose victoriosa por haber ganado una batalla sin sentido, por haberse hecho respetar sin que le faltasen el respeto, por haber defendido su causa sin tener claramente alguna y por no permitir que un hombre la pisotee a pesar de que este en ningún momento intentó siquiera hacerlo.

Diego A.

martes, julio 09, 2013

De la primera y segunda vez que te vi

Había pasado una semana de clases, la primera desde que dejé la primaria, y a esas alturas todas mis expectativas respecto a mi nueva etapa escolar se habían esfumado casi por completo. Seguía estudiando en las mismas carpetas compartidas, en el mismo primer piso del colegio y lo que es peor aún en un aula decorada con 7 enanos, bambi, los pitufos y un hada. Nos habían combinado al azar; de las dos secciones que éramos al terminar la primaria ahora ya sumábamos tres con todo y alumnos nuevos. Y conmigo en la “A” sólo quedaban unos 15 conocidos de los 40 que inicialmente fuimos.

Como dije habían pasado una o dos semanas de clase cuando la vi entrar al aula por primera vez.
La maestra la hizo presentarse ante todos; era la niña nueva y estoy seguro que a más de uno le interesaba el saber algo de ella. Venía de un colegio de monjas, tenía 12 años aunque era bastante alta para su edad, recuerdo que en un primer momento pensamos que se trataba de una chica de cuarto o quinto que por ser nueva se equivocó de aula. Tenía el cabello largo ensortijado y un tanto claro, los ojos grandes y marrones, tan grandes, bonitos y brillantes que parecían dos lucecitas de esas que te iluminan de repente cuando te sientes algo perdido. Resumiendo esa niña era linda.

Durante dos años estudié con ella, y fueron años en los que todo era el competir por un veinte. Eso realmente me hacía feliz ya que ganara o perdiera siempre podía contar con ver su sonrisa. En ese entonces no había nada más lindo que verla sonreír y sí que reía mucho, sobre todo cuando ganaba. Pero pasó que un día no la volví a ver más; lo último que recordaba de ella fue que finalizado el segundo año se fue sin despedirse llevando consigo algo más que un cuaderno viejo y mal caligrafiado, que en ese entonces prometió devolver al año siguiente cuando ya no la volví a ver.

El cuaderno llego meses después a mis manos con un recuerdo, su número y un saludo, de manos de no recuerdo quien realmente. Intenté llamarla un par de veces pero nunca contestó, siempre atendía la llamada un señor de voz gruesa que en ese entonces supuse era su padre. Fueron sólo dos las veces que intenté llamarla, fueron sólo dos las veces que la llamé y no hablé, y como no contestó me vi obligado a olvidarla. Pasaron más de cuatro o cinco años para que la vuelva a ver, a partir de esa fecha la veía de vez en cuando, aunque siempre de muy lejos, y así fue como llegué a olvidar su voz, pero no su rostro ni su nombre, menos su sonrisa, pero de seguro tal vez ella ya se había olvidado por completo de mí.

Sin querer, trece años después la he vuelto a ver de repente, he hablado con ella y resulta que si me recordaba; a pesar del tiempo, los nuevos amigos y los caminos diferentes. Ella está tan linda o más de lo que recordaba.  Ya no es más una niña pero sigue conservando aquella sonrisa cálida, la mirada inocente y los ojos grandes hermosos y tiernos.

Hoy por la tarde un “loco” le ha pedido que lo acompañe al baile; la esperó fuera del baño y se puso rojo al decirle que quería que sea su pareja, que había escrito algo lindo para ella y que esperaría unos días por su respuesta, que quería que lo piense, que no lo mal interprete, pero que sobre todo no se sienta presionada. Cuando ella me contó esto, le pedí de favor y por su propio bienestar que no aceptara bajo ninguna circunstancia; que le diga a ese “loco” que otro loco ya se lo había pedido primero y por tratarse de un loco conocido ya había aceptado.

Nadie había dicho que debíamos de llegar con una pareja al baile. De ser así ya se lo hubiera pedido pues no había nadie más con quien quisiese ir, aunque no sé si de verdad ella querría ir conmigo o simplemente fue la respuesta más rápida para deshacerse de aquel “loco” que se había enamorado de ella.

Diego A.

martes, junio 19, 2012

Malo


Y entonces termino por aceptar que en el fondo soy un tipo malo, un tanto miserable, algo roñoso, ruin en cierta medida, altamente vengativo y con tendencia a ser ciertamente falso en algunas ocasiones.

Miserable

El hombre me ha extendido la mano – implorándome ayuda pidiéndome algo que comer –, le he volteado la cara y he pasado de largo como fingiendo que no le veía, supuestamente absorto en preocupaciones inexistentes o meramente banales que forman parte de un mundo fallido que invento para justificar mi falta de caridad y amor con el prójimo.
Recuerdo la última vez que compartí algo; era una mujer ya pasada de los sesenta años estaba sentada en una esquina pidiendo limosna, su rostro llevaba impresa la huella de los años y muchos soles irascibles le habían llenado la piel de surcos y manchas negras, una trenza larga hecha con una pita vieja recogía su cabello, vestía polleras, y en sus pies adobados por el lodo de los desagües averiados de las calles  aledañas, un par de llanques bastante gastados, de segunda mano remendados a cincuenta céntimos por don Marcos el zapatero de mirada perdida de las calles Arica y Próceres.
- Una limosnita, por favor para mi comidita – me dijo. Pase de largo, recuerdo, pero los principios que mi madre me inculcó en la infancia me hicieron volver atrás y pensar en ayudar en algo a esta pobre mujer avejentada por los años.

- Te parece si te traigo algo de comer – le dije. A lo que ella respondió que sí.

Fui rápido a la sanguchería de la esquina, esa la de letrero blanco con letras azules, donde atiende la gordita que no se como se llama pero que siempre me guiña el ojo, pedí un pan con pollo, con lo que acabé gastándome los cuatro soles que había ahorrado ese mismo día por la tarde cuando no almorcé en la universidad. Regrese muy rápido, casi corriendo, sintiéndome el tipo más bueno del mundo, un súper héroe de esos que me gustaban de pequeño y que ahora ya no pasan por la tv. Le estiré la mano y se lo alcance para que lo comiera. Esperaba que lo abra y se lo coma de inmediato. Se veía hambrienta había pensado mientras lo compraba. Pero nada eso sucedió; ella solo atinó a decirme – ¡Gracias! –  y seguido guardo el sándwich de pollo entre sus polleras y siguió pidiendo limosna a las demás personas que pasaban, ignorando por completo esta la que sería mi última buena acción con sus congéneres. 
No me quedó más que marcharme de allí y dejarla para que siguiese con lo suyo. Me marche rápidamente sintiendo el alma rota, el corazón endurecido y la promesa de nunca, pero nunca más intentar hacer una buena acción.
Diego A.

martes, agosto 30, 2011

Déjà vu

De pronto recuerda aquel sueño; un déjà vu que lo deja perplejo y al cual no le presto la debida importancia.  Sobre el cual no caben más conjeturas ni cavilaciones, al menos no a estas alturas que ya nada importa; pues de todos modos su vida está por acabarse y recordar posibles déjà vu’s no le ayudarán a mantenerse con vida, al menos ahora ya no.

Reza una oración en silencio al padre, al cual por cierto nunca le oró salvo en los malos momentos, mientras acepta malamente su culpa e intenta redimirse de una vida calamitosa en un último acto de fe. Pero es tarde y tal vez el padre se encuentre ocupado escuchando algún pedido vano de algún fiel quisquilloso que lo debe haber atosigado con sus múltiples y obsesivas oraciones durante algo más de 1 año.

Su vida ha sido una novela, o más bien un cuento corto entramado de unas 12 o 15 páginas a lo mucho, escrito por algún fatalista o algún orate que no hilvana bien las ideas y que ahora lo deja con un desenlace más que obvio. Recuerda a Borges, es extraño que lo recuerde, pero lo hace. Recuerda aquel cuento del cual perdió el nombre, donde un hombre se da al trabajo de escribir por completo una novela en el preciso momento de su muerte cuando Dios le concede la gracia de detener el tiempo para que cumpla así su último deseo antes de ser fusilado y con una bala a 3 milímetros de perforarle el cráneo, durante 30 años que en realidad son tan solo 0,3 micras de segundo; crea, revisa y corrige una novela profusa y prolija escrita íntegramente en su mente gracias a la benevolencia de un Dios más que piadoso.

De un momento a otro todo se desvanece, se le corta el pensamiento y se queda con tan sólo una pregunta que lo define por completo y a la que nunca podrá otorgarle una respuesta concreta. Se pregunta que ha pasado, pero nadie le responde, ni siquiera él mismo, pues fuera de la pregunta ahora ya no piensa.

Impactó en el suelo a las 3 con 19 de la tarde, un periódico local ubicado a 2 cuadras capto la exclusiva del hecho. El hombre yacía ensangrentado y con el cuello roto, vestía formal; saco, corbata, zapatos lustrosos y reloj de oro. En la mano traía un cuadernillo de unas 12 o 15 páginas que fue clasificado como evidencia reservada a fin de esclarecer los hechos. Un testigo clave que pasaba por la acera de al frente y que pudo ver al hombre recién caído, declaro a los medios que vio al sujeto saltar a voluntad al vacío desde el séptimo piso del edificio.

Esa misma noche y mientras veía en el noticiero local las declaraciones de un transeúnte que aseguraba haber visto al occiso lanzarse a voluntad del último piso del edificio, ella quemo los guantes, se fumó un cigarrillo y luego se fue a dormir como si nada hubiese sucedido.

Diego A.

domingo, julio 31, 2011

Christopher

Bienvenido a casa Christopher, te estábamos esperando, hace mucho que no venías y hasta por un momento pensé que habías olvidado el camino.

Pero pasa!, siéntate!, ponte cómodo que está es tu casa. Todo está tal y como lo dejaste. Créeme cuando te digo que nunca dude acerca de tu regreso; aunque siendo sinceros y en honor a la verdad te digo que tal vez sí, en algún momento lo hice: un par de veces a lo mucho, nada sin importancia, no lo tomes en cuenta, al final ya me conoces y sabes cómo ando siempre en estas cosas que a gente se refiere.

Mefisto tomo una silla la puso en frente mío, se sentó lentamente reposando sus largos brazos sobre los brazos de la misma, y me miro con cara de padre. Con cara de padre que ve sin reproches al hijo pródigo vuelto a casa.
- Yo, yo, yop, venía a… -
Mefisto interrumpió a Christopher y detuvo la explicación sobre el motivo de su visita y su prolongada ausencia.

- No tienes que decir nada, olvidas que te conozco perfectamente. ¡Sé lo que quieres!, sé por qué has venido. Al final todos vuelven, bueno casi todos, pero sabía que tú no me defraudarías - le dijo Mefisto.

El mismo olor a azufre, la misma barba rala, las mismas botas lustrosas, el mismo saco gris, el mismo polo negro y los mismos ojos amarillentos y flameantes de siempre, hacían ver que el tiempo no pasaba por el cómo era evidente. Mefisto seguía idéntico al vago recuerdo que Christopher tenía de él desde hace más de 10 años.

- Tengo la dosis exacta hijo. Pero esta vez, ¿Qué me das a cambio?. La última vez perdiste todo lo que tenías y tu alma hace mucho que me pertenece y a menos que entregues algo a cambio tan solo puedo darte la bienvenida, acogerte por un corto tiempo y luego pedirte que te marches hasta que llegue el día. – dijo Mefisto.

- Te te te trrraigo a 2 almas jóvenes, están allá afuera esperando una orden mía, son mis discípulos. Pero te los ofrezco, no puedo más; debo volver a probar el elixir, tan solo una vez más, aunque sea la última, lo necesito de veras y rápido, que ya no logro resistirlo. – dijo Christopher.

- Hazlos pasar y luego marcharte, se que no te gustará ver lo que pasará luego. En cuando compruebe que no mientes tendrás lo que has venido a buscar y todos volveremos a ser felices.- dijo sonriendo el diablo mientras señalaba la puerta.

Christopher hizo pasar a los dos jóvenes, ambos con la misma sangre y con la misma mala fortuna de haber sido entregados al diablo mismo en persona.

Diego A.

domingo, mayo 29, 2011

DUDA

Existen un sinnúmero de caminos posibles y posibilidades inmaterializadas que de vez en cuando se atreven a tocarnos la puerta…
Hoy Duda se apareció frente a la puerta de mi habitación, pasó sin que esta esté abierta y sin que yo la haya invitado. Se escurrió por entre la comisura imperfecta del suelo y la puerta; entro como siempre lo hacía hace algún tiempo; vaga e irresoluta pero imponente a la vez, deseosa de inundarme de lo que con ella traía.
Cuando por fin la tuve en frente, mirándome, se me escarapeló el cuerpo entero y el alma se me estremeció al compás de sus ojos negros saltones y tendenciosos. No dijo nada, pues no era necesario que dijese o emita palabra alguna para que yo le entendiera, éramos viejos conocidos y ambos sabíamos lo que significaba una visita suya.

Me encontraba pasmado mirándola, atónito y desencajado, viendo su rubia cabellera resplandecer, sus rasgos finos enamorándome y su piel de seda tentándome a que la toque; cuando de repente estiró su mano hacia mí, me tomo del rostro, me besó la mejilla y me acarició suavemente por contados segundos, segundos que sin embargo a mí me parecieron una eternidad, lo suficientemente extensa como para vivir una vida entera, en la que con los ojos cerrados me dediqué a morir embriagado por su perfume.

Para cuando volví en mí mismo me encontraba parado a un lado de mi cama mirando al vacío con la puerta cerrada y el alma abierta, iluminado con una fluorescente circular antiguo pegado con cinta al techo; amándola y detestándola a la vez por lo que me había hecho, queriendo borrar ese momento en el que me dejó parado y solo inundado de ella, inundado de su duda.

Diego A.



jueves, enero 27, 2011

Una llamada

Esa mañana me despertó una llamada y horas más tarde cuanto comprendí lo que trajo consigo, me quedé con una extraña sensación, que no me dejó dormir sino hasta 2 días después, cuando exhausto me eché sobre las baldosas agrietadas de una esquina del parque que colindaba con la casa de mis padres. Dormí en el suelo, en medio de la calle, en medio de la nada y por casi más de 8 horas seguidas, sin importarme el qué dirán o las miradas que iban dejándome la gente al pasar, miradas que la mayoría de las veces estaban cargadas de una especie de pena, odio y repugnancia. Tampoco me importaron los perros callejeros que venían y se alejaban esperando el momento preciso para mearme encima; me ardían los ojos recuerdo, y algo más que se supone no debía sangrar me sangraba a borbotones. Me sangraba era el alma.

De haberme preguntado cómo creía que sería el día, supongo que hubiera dicho lo de siempre; que iba a ser un día tranquilo, que iba a hacer lo mismo que el día anterior y que terminaría tanto o más cansado que cuando desperté. Pero en mi interior sabía que esto era imposible; desperté esa mañana más temprano que de costumbre a raíz de una llamada que me dejó con muchas cosas en mente como para preocuparme o reparar en cualquier hecho insignificante.

La llamada se había producido alrededor de las 5 y 55 am. La voz que me hablo era la de una mujer joven, calculo tal vez erróneamente que tendría entre 27 y 33 años, ciertamente no entendí bien que fue lo primero que me dijo, en realidad lo que siguió casi tampoco; en resumen no entendí casi nada de lo que llegó a decirme. Tal vez lo primero que dijo fue su nombre y lo segundo el motivo de su llamada, los cuales no recuerdo debido a que casi nunca recuerdo nada de lo primero que hago, digo o escucho al despertarme. Inicialmente pensé en reclamarle, las 5 y 55 am no es una buena hora para llamar a nadie, menos para llamarme a mí que me energumenizo cuando alguien me corta el sueño de esa manera tan vil y descarada. Pensé en simplemente tirar el auricular y dejar que esa loca de mierda madrugadora hable sola, pero algo en mis entrañas me dijo que me esperase un poco, tal vez eran los frijoles de la noche anterior que aún retumbaban en mi estómago, lo único que pude entender de aquella llamada era acerca de algo referente a un sobre que esa mañana me iba a llegar.
Ni bien terminó la llamada volví a dormirme nuevamente, esta vez no sin antes sacarle la batería al teléfono para que nadie más me volviese a joder el sueño otra vez, al menos no en este día. Cuando desperté daban las 11 y 45, había un sobre sin destinatario al pie de la puerta, y una llamada que no recordaba que me hablaba de su llegada.

Cuando abrí el sobre, todo quedó claro. Al menos para mí, no era culpable de nada ni siquiera del más leve de los cargos que me imputaban. Tenía un buen historial, la conciencia limpia y al verdadero posible asesino en mis manos, pero no podía delatarlo, señalarlo o vincularlo siquiera.
Nunca ha sido mi estilo el acusar a alguien para salir bien librado; así que elegí dormirme en la acera en medio de baldosas rotas, meado por perros y circuncidado por centenares de miradas hipócritas compasivas cargadas de asco, odio y repugnancia. Pero nunca y bajo ninguna circunstancia llegaría a acusar a mi madre.


Diego A.

miércoles, enero 05, 2011

Atentamente Mariela

Me enamoré de Mariela cuando aún era un estudiante; cursaba el quinto año de media, y ella a lo mucho llegaba a tercero. Lo que me gusto de ella en ese entonces fue su cabello negro, su figura delgada, su tez clara, su cara de niña, sus ojos morenos y lo bien que se veía con ese uniforme de joven beata instruida en colegio de monjas nada contemplativas en cuestiones que a la moral refiriesen.

Pasaron 2 años o tal vez algo más para que llegase a conocerla, mientras tanto seguía yo allí; ebrio, febril e incandescente de amor puro por una chica que desconocía por completo mi existencia, y a la que nunca le había escuchado siquiera la voz. Y de la que tan solo tenía la certeza de que vivía unas puertas más allá de la mía.

Corría el año nuevo del 97, y esa noche como las venideras de aquí en adelante salí de casa promediando la 1.30 am. Al encuentro de mi inseparable compañero y gran amigo Bortolomeo, que  esa noche nos había separado la entrada a una fiesta en casa de Grace, la chica con la que venía teniendo ciertos affaires desde hacía algún tiempo atrás  pero que sin embargo le era un tanto esquiva por encontrarse en cierto modo más que enamorada de otro tipo que no era mi buen amigo Bartolomeo a quien tan solo consideraba como alguién buena gente con quien se había besado un par de veces y que era un tanto gracioso cuando de chistes se trataba. 

Recuerdo haber bebido bastante esa noche consolando a mi buen amigo en una esquina, azuzándolo a que emprenda y vaya con todo en busca de su amor no correspondido o más bien correspondido a medias o siquiera al menos de a poquitos. De lo poco que recuerdo de esa noche, pues han pasado 5 o más años a la fecha, es que ya de madrugada, con los primeros rayos de sol dándome en el rostro terminé besando a Mariela, pero no a  Mariela; mi colegiala beatífica de la que estaba enamorado,  sino a Mariela, la hermana de Grace, el amor esquivo de Bartolomeo, a quien acababa de conocer la misma noche un par de horas atrás.


De esa noche en adelante, no supe más de ella, salvo por un mensaje de texto firmado con un Atentamente Mariela, que erróneamente confundí con uno de Mariela, la chica de la cual estaba enamorado, y a la que por esas fechas en uno de esos azares del destino termine conociendo e incluso compartiendo más de una caminata y largas horas conversaciones irrelevantes que nos hacían sentir bien, y con la que tuve que disculparme al poco tiempo de haberla conocido luego de haberle hecho llegar por escrito una efusiva declaración de amor que redacte una madrugada luego de haber recibido un mensaje de texto firmado por una chica que conocí una noche y de la que actualmente no sé nada, pero que casualmente llevaba el mismo nombre que ella.

Diego A.

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