miércoles, enero 05, 2011

Atentamente Mariela

Me enamoré de Mariela cuando aún era un estudiante; cursaba el quinto año de media, y ella a lo mucho llegaba a tercero. Lo que me gusto de ella en ese entonces fue su cabello negro, su figura delgada, su tez clara, su cara de niña, sus ojos morenos y lo bien que se veía con ese uniforme de joven beata instruida en colegio de monjas nada contemplativas en cuestiones que a la moral refiriesen.

Pasaron 2 años o tal vez algo más para que llegase a conocerla, mientras tanto seguía yo allí; ebrio, febril e incandescente de amor puro por una chica que desconocía por completo mi existencia, y a la que nunca le había escuchado siquiera la voz. Y de la que tan solo tenía la certeza de que vivía unas puertas más allá de la mía.

Corría el año nuevo del 97, y esa noche como las venideras de aquí en adelante salí de casa promediando la 1.30 am. Al encuentro de mi inseparable compañero y gran amigo Bortolomeo, que  esa noche nos había separado la entrada a una fiesta en casa de Grace, la chica con la que venía teniendo ciertos affaires desde hacía algún tiempo atrás  pero que sin embargo le era un tanto esquiva por encontrarse en cierto modo más que enamorada de otro tipo que no era mi buen amigo Bartolomeo a quien tan solo consideraba como alguién buena gente con quien se había besado un par de veces y que era un tanto gracioso cuando de chistes se trataba. 

Recuerdo haber bebido bastante esa noche consolando a mi buen amigo en una esquina, azuzándolo a que emprenda y vaya con todo en busca de su amor no correspondido o más bien correspondido a medias o siquiera al menos de a poquitos. De lo poco que recuerdo de esa noche, pues han pasado 5 o más años a la fecha, es que ya de madrugada, con los primeros rayos de sol dándome en el rostro terminé besando a Mariela, pero no a  Mariela; mi colegiala beatífica de la que estaba enamorado,  sino a Mariela, la hermana de Grace, el amor esquivo de Bartolomeo, a quien acababa de conocer la misma noche un par de horas atrás.


De esa noche en adelante, no supe más de ella, salvo por un mensaje de texto firmado con un Atentamente Mariela, que erróneamente confundí con uno de Mariela, la chica de la cual estaba enamorado, y a la que por esas fechas en uno de esos azares del destino termine conociendo e incluso compartiendo más de una caminata y largas horas conversaciones irrelevantes que nos hacían sentir bien, y con la que tuve que disculparme al poco tiempo de haberla conocido luego de haberle hecho llegar por escrito una efusiva declaración de amor que redacte una madrugada luego de haber recibido un mensaje de texto firmado por una chica que conocí una noche y de la que actualmente no sé nada, pero que casualmente llevaba el mismo nombre que ella.

Diego A.

jueves, octubre 21, 2010

El Final de una Historia

De pronto escucha un ruido tan fuerte que le hace sentir como si los tímpanos se le reventaran; todo se torna silencio, silencio y más silencio. El estrépito último ha callado toda intención de ruido a su alrededor, ahora no oye absolutamente nada, a sus ojos se le van esfumando los colores de la vida y  son remplazados por un color oscuro que no es negro ni tampoco gris, a la par que siente como sus otros sentidos van debilitándose lentamente y poco a poco. 

Sabe que ha muerto, o al menos que si aún no lo ha hecho, está haciéndolo lentamente y a plenitud de sus facultades mentales. Sin embargo no se lamenta este hecho y en las milésimas de segundo que aún le quedan de vida, que en realidad le parecen eternas, piensa en todo aquello que a partir de ahora deja atrás; no se lamenta nada de lo que hizo, y a pesar de saber que ha fallado, se alegra de saberse muerto en su ley, tirado en alguna calle baleado por algún desconocido al que él debió de balear primero.

Sabe que esta es su despedida, y no se lamenta de que no haya nadie cerca para escucharle o recoger su cadáver en cuanto este caiga empapado de sangre sobre la acera. Se despide del mundo en silencio paradójicamente sintiéndose vivo por primera vez en mucho tiempo, meditando un adiós inefable al mundo, a la cotidianeidad, a los vivos y sus malas costumbres y sobre todo a los recuerdos nada gratos que cargaba consigo. Ahora ya nada importa; los mensajes de texto, las llamadas por celular, los encuentros furtivos en un hotel de quinta con alguna desconocida, o más bien con una poco conocida. De pronto todo se nubla, el color oscuro que no es gris se vuelve negro y alcanza a ver una hilera de luz que se cuela por en medio de sus ojos bien abiertos, sabe que es la luz del final, esa luz de la que muchas veces oyó hablar y la que nunca creyó que existiese. Lo sabe, porque se lo dijeron. Que una vez llegado allí; lo olvidaría todo, inclusive que su vida tal vez nunca llego a tener un verdadero significado.

De pronto se sobresalta, pierde por completo de vista la luz, siente que todo le da vueltas y un rictus extraño se le dibuja en el rostro, producto de un amargo sabor que le invade la boca; y que se le hace como si fuera una extraña mezcla de hiel y mierda derretida a propósito. Abre grande los ojos y se topa con la pared despintada de la habitación y esta le resulta más aterradora que la oscuridad absoluta o que aquella antigua casa hecha de cartones al borde de la cequia en medio de inyectables, drogadictos y deposiciones. Lanza un escupitajo fuerte hacia el suelo con ganas de perforarlo, con ganas de mandar a todos al mismísimo carajo pues no está en el cielo, tampoco en el infierno; se halla en la habitación de la pensión VIVO, con una resaca de los mil demonios y con deseos de meterse otro cuarto de coca por las narices. Se frota los ojos para despertarse por completo, mientras tanto por dentro se siente un desdichado por no haberse muerto como muchos esperaban. Así que tomó el arma que dejó bajo la almohada sin notar el extraño olor a pólvora en el ambiente, sin notar que esta se había detonado accidentalmente, sin notar que ya no tenía balas y sin notar que de la oreja izquierda le corría sangre.

Seguía aún ebrio y drogado cuando salió de casa con un arma descargada enfundada a la cintura, dispuesto a volarle los sesos a alguien y luego morirse.
  Diego A.

domingo, septiembre 26, 2010

El último mensaje

– Ya son más de 50 veces las que te dije que no quiero volver a saber más de ti, supéralo y olvídate de mí para siempre. – (Mensaje de texto recibido el 26/09/2010 – 12:13 am)

Lo cierto es que no eran 50 a las justas y llegaban a las 20; la estuve llamando por largo rato y no me contestó Se que dejó que el móvil sonara y que sonara a propósito para que yo me cansase de marcarle; dos horas más tarde, recibí el mensaje de texto donde por así decirlo, me conminaba a olvidarme de ella y superar por completo nuestra marchita e irreconciliable relación amorosa.

Aún con todo, después de las llamadas no contestadas, del mensaje de texto donde me pedía que la olvide, no estaba dispuesto a superarlo, ni a intentar olvidarla siquiera; así que le insistí un par de veces más al móvil, por si tal vez ahora sí me contestaba. Confieso, tenía la remota esperanza de que se le ablandase el corazón, que presione aquella tecla verde y que me dijera luego de ya bastante tiempo que ella también me quería. Pero no lo hizo, le timbre esta vez por cerca de más de 1 hora, sin resultado alguno. Así que concluí que lo mejor; era tal vez el irme a dormir y rezarle a Dios para que a la mañana siguiente ella me quisiese de nuevo. Así lo hice, me dormí con las manos bien juntas luego de haber rezado fervorosa y ponderadamente 2 padrenuestros y 10 avemarías. Pero al despertar, a la mañana siguiente todo seguía igual; ni siquiera una llamada, timbrada, mensaje de texto, voz u otro que se le parezca que me indique que las oraciones hicieron efecto, por el contrario ahora tenía apagado el móvil y de seguro que no quería volver a saber más de mí.
Diego A.

lunes, septiembre 06, 2010

De como me enamoré de Meriaan

Con profundo fervor y amor a Meriaan*.

Me enamore de Meriaan, un 29 de febrero del 84. Llevaba las polainas puestas y un pedazo de chicle atorado en la suela de uno de los borceguís que me incomodaba al momento de sopesar mis pasos. Estaba algo cansado y ansioso por volver a casa; a pesar que no hubiera nadie esperándome, me urgía desesperadamente el llegar allí y respirar de nuevo aquel aroma a hogar que no había podido encontrar en ninguna otra parte y que casi olvido en medio de los raudales de pólvora, sangre y cadáveres con los que tuve que convivir a diario.

Mamá y papá se habían marchado hacía siete años, a un mes de estallada la guerra; esa noche frente a casa vieron como era ajusticiado un soldado enemigo a manos de fuerzas estatales, la escena fue tan brutal que no lo soportaron. Fue en esa misma noche, que antes de irse a dormir ambos comprendieron que estaban demasiado viejos para estas cosas del mundo moderno y sus guerras, así que cerraron sus ojos y simplemente se durmieron juntos y en paz consigo mismos lejos de lo cruento, lo atroz y lo inhumano que trae consigo la guerra.

Josep, mi único hermano hacía mucho que había emigrado a Bucarest, a centenares de millas de donde yo me batía día a día y noche a noche por defender el honor de mi familia y de mi patria. Se había casado y ahora tenía una hermosa familia a la que pude conocer en detalle por fotos y extensas misivas donde milimetraba una considerable cantidad de sucesos relevantes en su vida diaria. Tenía dos hijas preciosas; ambas pelirrubias, achinadas, pecosas de 3 y 4 años respectivamente y una mujer bella, alta, de ojos grandes y verdes,  muy amorosa y atenta, según lo descrito en sus cartas.

Detuve el caballo en frente de casa y lo ate a un árbol cercano que no recordaba existiese antes en esa parte, di unos pasos lentos, pero antes raspé las botas contra el suelo intentando quitarme el chicle que traía pegado en las suelas, pero fue inútil, así que crucé el umbral desierto con el chicle pegado en las botas de todas maneras. Me senté en el viejo mueble verde, que aún quedaba y que me recordaba las historias de papá y de la abuela que siempre remendaba algo que no necesariamente necesitaba remendarse.

Dormí cerca de una hora allí, sentado en el mueble en medio de recuerdos. Pero fue cuando salí a la calle nuevamente esta vez por mis cosas; que la vi por primera vez, parada a un costado de la puerta de la casa de al lado. Era de estatura mediana y de contextura delgada; tenía el cabello negro algo rizado, la nariz pequeña, la sonrisa delicada y encantadora, los ojos negros, acaramelados grandes y profundos.

A pesar de lo descrito, les diré que esa tarde más que verla y enamorarme físicamente a ella, me enamoré de su alma la que vi de casualidad a través de esos ojos negros y su dulce sonrisa. Me termine enamorando de ella sin siquiera cruzar palabra alguna o saber algo de su pasado. Comprendí entonces que ella era la mujer de mi vida, la mujer por la cual pelee en una guerra tal vez absurda, pero al fin y al cabo guerra, y la principal e ignota razón por la cual volví a una casa vacía donde nadie me esperaba en un día que sucede 1 sola vez cada cuatro años.

Diego A.

sábado, agosto 21, 2010

Una Historia de Naranjas

Lo brillante de no hacer nada, de quedarse sin ideas; seco como una vieja naranja, es que tal vez un día, el menos pensado abres los ojos miras el cielo o simplemente el techo de tu cuarto y te das cuenta de que verdaderamente no estabas seco ni podrido; y mejor aún que no eras una naranja.
Sino que eres un hombre al que le dijeron que era más cómodo ser una naranja, y terminó por creer como muchos que habían nacido predestinado a ser una de ellas. Fue así que te empeñaste en conocer a profundidad la materia teniendo como fin ser la mejor naranja que existiese. Por eso cuando descubriste que las naranjas no se mueven por si solas; dejaste de moverte. Cuando te enteraste de que las naranjas no van a la escuela, dejaste de lado los libros porque no era necesario aprender; total en tu vida de naranja de nada te servía el haber leído algún libro, es más las naranjas no saben leer, pero tú ya sabías y no lo notaste, y seguiste empañado en cumplir tu destino de naranja. Te sentías redondo y naranja, completo y naranja por lo que dejaste de lado la búsqueda de tu verdadera media naranja. Total eras única, redonda, completa y naranja, y no necesitabas de medias partes pues tú por ti misma eras omnipotente en tu mundo habitado de naranjas disfuncionales.
Pero un día te pudriste tal y como todas las naranjas lo hacen en algún momento, ya no te sentías tan naranja como antes. Pero tampoco era tan malo, seguías teniendo tu mundo aunque ya no tan naranja como antes. Con el paso del tiempo deseaste ser hombre, al ver como tu vida se esfumaba, y como tu ciclo llegaba a su fin. Sabías que no había más remedio, que el morirse seco y podrido. Fue entonces cuando ante lo fatal de tu destino de naranja despertaste asustado y descolorido; viste lo que había a tu alrededor, y te alegraste de que no fuera naranja como siempre habías querido.

Diego A.

jueves, agosto 05, 2010

Fragmento I (Novela)

La música electrónica retumbaba con fiereza en sus oídos, y lo hacía desorientarse de vez en cuando, cada vez más pero esto, parecía no importarle, por el contrario se sentía más que bien, feliz, contento y extasiado. Daban las 3:30 am y a estas alturas de la madrugada, tenía la cara sumida en un profundo hormigueo, los ojos disparados y no coordinaba bien los movimientos, sabía que estaba bien borracho. Las copas de whisky, champaña y pisco habían anulado por completo su razón, su cordura y sobretodo su discreción, ahora se sentía flotando sobre las nubes, ávido de ser notado por todos los concurrentes al espectáculo de aquella noche.
Santiago Méndez, estaba borracho y sentía que “El Medieval” era parte de su ser, o más bien al revés, que él era parte de ese ser cabaretero macizo de cemento y fórmico llamado “El Medieval”.

                                                                         ***
Cuando despertó todavía estaba borracho y con una fuerte resaca que le remecía la cabeza y el cuerpo entero, se encontraba recostado en su cama, con la ropa del día anterior aún puesta, y a su lado estaba Mery-Ann, su esposa, que parecía estar sumida en un profundo sueño a pesar de que ya era de día y el sol le tostaba los pies al colarse por entre las ventanas de la habitación. Se levantó suavemente intentando no despertarla, pues lo más probable era que se hubiera quedado en vela toda la noche esperando a que él llegara o que al menos le contestase el celular que apagó en cuanto hubo llegado a “El Medieval” para evitar ser interrumpido.
Mery-Ann tenía puesto un babydoll muy discreto, en color rosa de tela liza, que le marcaban sutilmente las curvas de mujer joven y guapa...

Fragmento inédito extraído de la Novela "Érase una vez un hombre"
Diego A.

miércoles, julio 21, 2010

La casa de las muñecas

Las cortinas habían sido corridas, no sé si a propósito o de un modo involuntario; tras ellas pudo apreciar a las muñecas dispuestas cada una sobre una silla, formando una especie de medialuna que apuntaba a un televisor apagado sobre el cual se disponían flameantes y sin especificidad alguna 2 o 3 velas blancas comunes. Al parecer no había nadie más en esa casa donde caprichosamente un grupo de muñecas se había sentado a contemplar el consumir de la flama de unas velas que sin motivo aparente yacían sobre un televisor apagado.

– Una casa de muñecas – se dijo a si mismo. La sola reflexión de lo que acaban de ver sus ojos le causó estupor y espanto. No se trataba de una de esas películas que tanto le gustaba ver. Era la vida real, y era la primera vez que la veía tétrica, poblada de mentes desquiciadas y asesinos seriales que contemplan a lo lejos a un grupo de muñecas sentadas sobre unas sillas con solo Dios sabe que malsanas intenciones. Se preguntó acerca de la identidad del extraño y desquiciado ser que recreó esa noche aquel ambiente lúgubre y fatalista donde los elementos engranaban entre sí; la noche negra y fría, las muñecas, las sillas y las velas que se consumen en un modo análogo a como se extinguen las ilusiones o peor aún la vida misma. No pudo más con todo eso, era demasiado para él, quería dejar de pensar, pero sobretodo quería dejar de ver. Le gustaba ver escenas como estas en las películas, pero en definitiva le aterraba la posibilidad de verlas en la vida real y sin la protección de lo ficticio e imaginario; así que corrió tan rápido como le fue posible. Si había algún demente o desquiciado en esa casa no quería de ninguna manera toparse con él o que él le viese, se sabía incapaz de resistir, así que corrió tan rápido y lo más lejos que pudo.

De pronto las luces se encendieron opacando la imprecisa luminosidad que brindaban las velas. Seguido un hombre treintañero con una temerosa y pequeña niña hicieron su entrada.
– Vez como ya todo está bien, ahora puedes continuar amor – le dijo el hombre treintañero a la pequeña niña que traía de la mano. Encendió las demás luces que faltaban, apagó las velas, limpió la cera derramada sobre el televisor y arrojó un par de fusibles viejos y quemados hacia la calle, para luego sentarse en el otro extremo de la sala contemplando como su pequeña hija de 4 años daba una conferencia magistral a un distinguido panel de muñecas dispuesto en media luna, que se habían reunido esa noche para escuchar la entrecortada exposición de una experta que les diría cómo verse siempre bonitas.

Diego A.

viernes, julio 02, 2010

Recuento de lo Vivido

Hoy quiero recordar que escribo, mientras oigo una melodía que escuchaba cuando niño, y se me vienen a la mente uno que otro recuerdo triste que me embargaba al oírla. Esta vez se trata de una versión a piano cargada de más melancolía que lo habitual. Los recuerdos siguen viniendo, sin embargo, me siento feliz; feliz de estar algo triste, y a la vez muy contento por nada en especial.

Pienso en la gente que me rodea; en la gente que ahora no veo y me conoce de hace mucho o algún poco tiempo atrás;

En mi mejor amigo de infancia al que a pesar de la distancia sigo queriendo y estimando tal y como lo hacía en la época de colegio; donde juntos nos dedicábamos a espiar secretamente y con el afán de que tal vez, en algún momento se fijara en nosotros la chica de quinto que nos gustaba, mejor dicho; que nos encantaba, y que tal vez nunca llegó a percatarse de nuestra existencia, a pesar que la seguimos fervientemente durante todos los recreos de ese último año en el que ella estudio en el mismo colegio que nosotros.

En la primera chica que besé, y la que hace algún tiempo no más de 1 año estoy seguro, trajo al mundo al que sería su primogénito. Ella se casó en una boda a la que no llegue asistir, a pesar de que en algún momento, creo, le prometí que lo haría. Aunque precisando un poco no estoy completamente seguro de haberle hecho una promesa de ese tipo, tal vez me lo inventé yo mismo en uno de esos múltiples desvaríos que de cuando en vez me azotan, el caso es que no estuve presente, quiero que pensar que debido a una problemática al momento de la repartición de los partes, tal vez no lograron ubicar la dirección de mi casa, o no encontraron a nadie en cuanto fueron a verme; resumiendo un poco, no llegue a ir a esa boda, a pesar de que sentía era mi deber, el estar allí presente en la boda de la chica que me beso o que yo bese por primera vez, y que me introdujo sin mucho éxito al problemático mundo de las relaciones humanas.

En la chica dos años menor que yo, que fue y tal vez siga siendo ahora ya en una minúscula parte mi amor platónico, y que me prometió algún día casarse conmigo, o al menos intentar establecer algún tipo de relación seria; recuerdo que rechacé esta oferta en múltiples oportunidades algunos meses después por no considerar propicio el momento, ni las circunstancias. Desde entonces cada vez que nos vemos, que es cada  6 u 8 meses, que es el periodo tácito y reglamentario que tiene que pasar entre uno y otro encuentro; ambos bromeamos del tema, a sabiendas que yo nunca me casaré con ella y que también ella nunca se casará conmigo, ni tendremos algún tipo de relación seria más allá de la fuerte amistad que nos une.

En la chica que veo tras el mostrador; a la que conozco muy bien, pero que tal vez ya me ha olvidado o no me recuerda . Por eso me limito a verla a lo lejos cuando paso de vez en cuando frente aquella tienda donde a veces la veo sin que ella lo note o donde a veces la veo sin darme cuenta, y no espero el tal vez concertar con ella algún día una cita secreta, que sé nunca se dará, porque simplemente no quiero llevar las cosas más allá de aquel mostrador donde a veces consciente o inconscientemente la termino viendo.

En mi mejor amiga con la que mantuve una relación medianamente larga y se convirtió sin quererlo en mi novia a la que llegue a querer más allá de lo que pudiera haber imaginado. Relación que sin embargo debido a complejidades no definidas y a problemáticas sentimentales que ya no recuerdo, y en pro de bienestares ajenos debí de concluir con más pena que satisfacción, pero a la vez con una cuota exagerada de un no sé qué, que me decía estaba haciendo lo correcto, que eso era lo mejor.

En la chica que fue mi esposa sin antes ser mi amiga ni siquiera mi novia, a la que estuve dispuesto a apoyar incondicionalmente, y de la cual sin embargo me despedí una noche abruptamente con un beso en la frente y la promesa secreta y callada de nunca más volverla a ver. Era de noche recuerdo, el día exacto, acabé por olvidarlo, corría el mes de agosto, pero es desde esa noche que no he sabido más de ella. Confieso que últimamente me gustaría quebrar la promesa de aquella noche e ir verla, darle un beso en la mejilla y comprobar que por fin, y después de mucho tiempo se encuentra bien.

En la chica que decidió en algún momento ser completamente sincera conmigo, y con la que yo decidí en ese entonces ser completamente sincero; a la que sin embargo terminé defraudando pues tal vez con ella fui todo lo ruin e inconsciente que pude haber sido, es por ello que acabé escribiéndole un artículo excusándome por las mezquindades de mis afectos volátiles en esos momentos.

En la chica con la que alguna vez ideé un mundo nuevo y de la que hoy sólo guardo el grato recuerdo de lo bonito que fue mientras ella quiso que durara. En algún momento pensé el escribirle una novela, cuando aún me encontraba enamorado de ella; comencé a escribirla, pero la acabé por desechar luego, no por considerarla demasiado íntima, sino demasiado intrascendente. Por lo que luego de haber escrito casi más de 30 hojas me di cuenta que a nadie le interesaba un recuento de los planes, ni un explicación del porque terminaron las cosas, es así que decidí guardarla como un recuerdo de olvido, que llevaba por nombre el mismo que la virgen tomó, cuando fue vista aparecida en una región de España.

En la chica que tal vez no conozco, o que tal vez ya conocí, a la que amo profundamente, a pesar de mi plena inconsciencia de este hecho o mi renuencia a aceptarlo por completo. Pienso en ella, la que con una sonrisa me desbarata por completo, la que se muestra tímida y dulce en cuanto le digo que la quiero, la que aparta su mano de la mía o me rehúye la mirada por considerarlo impropio de simples amigos, y a la que me quedo viendo con cara de bobo contento mientras deseo por fin besarla y que me diga que también me quiere tanto como yo la quiero.

En los que son mis padres y me conocen o desconocen a plenitud o en parte, a los que amo profundamente y a los que aspiro verles por siempre  una sonrisa en los rostros, liberados de toda perturbación, viviendo la vida plena y sintiendose orgullosos de haber podido criar a 3 hijos sólos, hijos que tal vez no sean los mejores, pero que se esfuerzan día a día por llegar a serlo.
 
En el resto de la gente, los que me conocen hace mucho o poco tiempo; en mis nuevos mejores amigos, uno el de la sonrisa eterna y el buen ánimo e incluso cierto grado de inconsciencia ante los problemas. El otro, el que se pone terco y necio cuando se le pasan de copas, pero que a pesar de todo sigue preocupándose por todos los que considera sus amigos.

En la gente que trabajó conmigo y que alguna vez me llamó la atención con justa o injusta razón. En la gente, a la que en algún momento yo llamé la atención y me tildó de injusto porque creyeron que actuaba contrario a lo que ellos creían razonable en uno u otro tema que ahora no recuerdo, o que prefiero no recordar debió a la intrascendencia que ahora estos encierran.

En mis enemigos, los que ha la fecha se han multiplicado silenciosamente y por docenas; de los cuales yo soy el más peligroso y al que más temor le he tenido hasta ahora en mi corta vida, y al que tal vez más miedo le he de tener por siempre.

En el chico al que le debo un golpe en el rostro; cometido que guardo con paciencia hasta el momento preciso en el que lo tenga enfrente, y me cobre no una venganza aplazada, sino una indemnización, que tal vez nunca llegue a darse, pero que anhelo fervorosamente suceda algún día de modo que se compensen los daños causados, no a mi persona precisamente.

Diego A.

viernes, junio 25, 2010

Déjame Quererte

Déjame darte un beso en la boca y decirte que te amo.
Déjame que necesito abrazarte fuerte, fuerte, muy fuerte y apoya tu rostro en mi pecho, que necesito sentirte mía y que te protejo.
Déjame cuidar tu sueño aunque no esté a tu lado y yo también duerma.
Déjame que necesito soñar, que soñamos juntos el mismo sueño, y si no puedes, al menos déjame seguir soñando solo; pero soñando contigo.
Déjame que emita una oración en tu nombre pensando en ti cada día; y aunque no sepas que lo hago o no me lo creas en cuanto te digo; déjame, déjame que quiero seguir haciéndolo.
Déjame pensar que sabes que esto que escribo es tuyo, tuyo y solo tuyo.
Y déjame si puedes algún día; un beso al amanecer, de noche o al medio día, y que lo lleve el viento para que algún día me encuentre en un mundo disperso.
Pero sobre todo déjame creer, que aunque verdaderamente este nunca llegue; algún día me ha de encontrar.

Diego A.

martes, junio 22, 2010

Mi primer artículo 3 años después

Año 2007, miércoles 10 de enero, hora no precisada.
Me he dado cuenta que me gusta escribir, que quiero ser escritor, pero hay un problema; no sé nada al respecto. Y sobre todo no sé escribir bien.
Busco algo sobre el tema en internet y en algunos libros, pero no encuentro nada que me diga cómo hacerlo. Tiempo después he venido a comprender por qué nadie le enseña a uno cómo escribir o convertirse en escritor. Pero de eso no hablaré esta vez pues estaría violando una especie de código tácito existente desde hace ya bastante, entre los muchos que nos hacemos llamar escritores.
Para ese entonces tengo 19 años y he tomado una decisión no muy común, voy a ser escritor aunque nadie me diga cómo hacerlo y tal vez en el fondo, sea uno de los prospectos menos promisorios del mundo de las letras.
Y así decido crear un Blog para que alguien lea lo que escribo. Espero que el mundo entero, aunque eso del mundo entero termina quedándome un poco grande porque al final mis no tan asiduos lectores son unos pocos que por lo general son amigos míos, amigos que en cierta forma se encuentran un tanto obligados por vínculos sentimentales o de otra índole hacia mi persona.
“Sobre un nombre desconocido” titulaba mi primer artículo publicado, en la fecha antes mencionada, y en ese entonces como ahora no sabía que escribía. Tan sólo sabía que quería escribir.

Sobre un nombre desconocido

Ayer me puse escribirlo en medio de conjunciones inequívocas que no hacían más que delatar la resonancia de su ser en mi pecho.
Allí estaba ella, integra en sus sentidos, callada, sutil, dulce e imaginaria, como dibujada en mi mente por una ráfaga de viento.
Su nombre un misterio incierto e infinito, o tal vez un enigma develado hacía miles de soles y lunas.
Tal vez esto era lo que la hacía tan especial; su nombre, o quizá sea que este hecho no influía en lo más mínimo en aquello que la hacía tan diferente de las demás personas. Porque un nombre, no es más que eso, tan sólo un nombre; un conjunto de trazos delimitados y compartidos muchas veces por infinidad de seres.
Y para mí, ella era mucho más que eso y no podía delimitársele a ningún campo de lo comprensible o inimaginable. Ella a fin de cuentas era totalmente distinta a las demás personas que hubiera conocido y eso me gustaba, pero a la vez me daba miedo, porque en el fondo sabía; que tal vez se parecía demasiado a mí.

Diego A.

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